Noa Pothoven, una joven de Holanda de 17 años de edad, diagnosticada con estrés postraumático, anorexia y depresión, falleció recientemente en su casa. Sufrió abusos sexuales y fue violada a los 14 años, pidió voluntariamente la eutanasia porque ya no era capaz de soportar el sufrimiento y los médicos, amparados por las inicuas leyes holandesas le ayudaron a morir ejecutando la eutanasia.

Su mensaje antes de morir fue desgarrador: “Seré directa: en el plazo de diez días habré muerto. Estoy exhausta tras años de lucha y he dejado de comer y beber. Después de muchas discusiones y análisis de mi situación, se ha decidido dejarme ir porque mi dolor es insoportable”, dejó escrito en su cuenta de Instagram.

La eutanasia está legalizada en Holanda desde 2002, y a partir de los 12 años pueden solicitarla los niños con enfermedades incurables con el permiso de los padres. A partir de los 16 años pueden pedirlo por su cuenta.

La iglesia nos recuerda que cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas y es moralmente inaceptable.

Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre (cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona).