En una famosa serie de dibujos animados me llamó la atención que dos de sus protagonistas se conocieron en una máquina de suicidios. La realidad supera a la ficción y esa máquina para quitarse la vida ya está aquí. Están exponiendo en Venecia una especia de sarcófago para que las personas que lo deseen se puedan quitar la vida de una forma fácil y cómoda. Inventado por Philip Nitschke conocido  como“Dr. muerte ” y fundador de Exit International, una asociación que fomenta el suicidio.

El sarcófago se denomina “Sarco”, ya que está pensado para que sirva como ataúd para la víctima. Sarco es una máquina perfecta para ejecutar la eutanasia. Utiliza nitrógeno líquido para bajar el nivel de oxígeno y que se produzca una muerte pacífica en minutos. Es muy fácil de usar, basta con apretar el botón morir y la persona muere en pocos minutos. La máquina también dispone de otro botón para parar la operación en el caso de que la persona al ver que le falta el oxígeno se arrepienta y quiera seguir viviendo. Y si entonces no acierta a dar con el botón, es surrealista, pero lamentablemente es un hecho que ya se da en esta sociedad decrépita.

La iglesia nos recuerda que aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible. Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable.

Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre (cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona).