El Papa Inocencio III fue uno de los papas más santos de sus época, convocó el IV Concilio de Letrán en el que se proclamó de forma solemne el dogma de la transustanciación e hizo muchos esfuerzos en doble dirección: combatir las herejías y frenar el avance de los musulmanes. Todo ello no le evitó tener que pasar por el purgatorio como relataremos a continuación.

Tras morir se apareció a Santa Lutgarda de Aywieres en Bélgica una de las grandes místicas de la cristiandad. Inocencio III le agradeció sus oraciones, aunque le pidió su ayuda de manera urgente. Le dijo que no había ido todavía al cielo y que estaba en el purgatorio, sufriendo un fuego purificador por solamente tres faltas que había cometido.

El Papa dijo a  a Santa Lutgarda si podría orar por él, diciendo:

“¡Ay! Es terrible, y mi pena tendrá una duración de siglos si usted no viene en mi ayuda. En el nombre de María, que ha obtenido para mí el favor de poder recurrir a ti, ayúdame!”

Pensemos si esto sufre un Papa tan bueno, lo que sufriremos nosotros en caso de que nos salvemos y sin embargo seguimos cometiendo muchas faltas con mucha ligereza y sin propósito de enmienda.

El catecismo no recuerda que los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador.