Mientras Obama gobernó Estados Unidos bajó considerablemente en muchos hogares la fe, la vida de oración y el culto divino merced a sus políticas laicistas y el arrinconamiento de la religión en la vida pública.

La asistencia a la Iglesia Católica también disminuyó en ese período. Y la creencia en Dios descendió del 92 al 89 por ciento.

La pérdida de la fe fue la puerta a muchos vicios. El consumo de la marihuana por vicio se convirtió en algo normal y se produjo su legalización en algunas ciudades.

Por contra, el presidente Trump es un hombre de profunda fe. Tuvo prssentes sus creencias en Dios durante su campaña electoral, diciendo que su propio libro “El arte de negociar” era su “segundo libro favorito” después de la Sagrada Escritura.

“En Estados Unidos no adoramos al gobierno, adoramos a Dios”, dijo el presidente, que está dirigiendo a Estados Unidos hacia la Providencia y la prosperidad, que siempre han sido los pilares espirituales y materiales para los estadounidenses. Esto se percibe en cada billete de dólar en la inscripción “En Dios confiamos”.

 La Iglesia nos recuerda que una sociedad, como la estadounidense, es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas. Asamblea a la vez visible y espiritual, una sociedad perdura en el tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada hombre es constituido “heredero”, recibe “talentos” que enriquecen su identidad y a los que debe hacer fructificar (cf Lc 19, 13.15). En verdad, se debe afirmar que cada uno tiene deberes para con las comunidades de que forma parte y está obligado a respetar a las autoridades encargadas del bien común de las mismas.

Cada comunidad se define por su fin y obedece en consecuencia a reglas específicas, pero “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana” (GS 25, 1).