¿Quién era el discípulo amado (y 2): ¿uno de los Doce?

Por Laureano Benítez Grande-Caballero, extraído de su libro CANON: UNA INVESTIGACIÓN QUE DEMUESTRA LA VERDAD HISTÓRICA DE LOS EVANGELIOS

El discípulo amado, ¿fue uno de los Doce? Las evidencias del texto del cuarto evangelio sobre esta cuestión son, como veremos, decisivas para desentrañar si Juan de Zebedeo fue o no el discípulo amado.

En primera instancia, la respuesta a este interrogante debería ser afirmativa: participa en la Última Cena; mantiene una relación estrecha con Pedro; conoce profundamente las acciones, palabras y sentimientos de los apóstoles (2:17, 22; 4:27; 6:19; 12:16; 13:22, 28; y 21:21); y, por si todo esto no fuese suficiente, en algunos pasajes donde se hace referencia específica a los Doce (6:66–71; 20:24–29), ¡el autor sabe exactamente lo que se ha dicho en ese reducido grupo! La conclusión inevitable es que el escritor pertenece al mismo.

Si esto es así, mediante la sencilla metodología de ir descartando uno a uno a los once discípulos restantes, es sumamente fácil concluir que Juan Zebedeo es el autor del Cuarto Evangelio.

La pista más decisiva a la hora de incluir al discípulo amado al círculo de los Doce es su asistencia a la última Cena, puesto que Marcos 14:17, Mateo 26:20 y Lucas 22:14 explican que, al parecer, nadie extraño a los apóstoles asistió a la celebración. Sin embargo, ya hemos dejado constancia en el artículo anterior del hecho de que asistir a la Última Cena no implica necesariamente la pertenencia a los Doce, pues el protocolo judío para estas celebraciones podría justificar la asistencia de alguien que no estuviera integrado en el círculo apostólico: el dueño de la casa, o su hijo primogénito.

Dentro de los Doce, dado que estamos ante el discípulo predilecto de Jesús, la línea de investigación más seguida es buscarle dentro del círculo más íntimo de los tres apóstoles que gozaban de más confianza por parte de Jesús. En este sentido, en el Evangelio se percibe nítidamente que Juan tenía una intimidad especial con Jesús, de la cual sólo gozaban dos apóstoles más: Pedro, y Santiago. A Pedro hay que descartarlo porque aparece claramente identificado en el Evangelio como una persona distinta, y a Santiago también hay que desecharlo porque murió decapitado en el año 44 por Herodes Agripa, por lo cual no pudo escribirlo. Solamente queda entonces la persona de Juan. Por otra parte, mantuvo siempre una amistad especial con Pedro, no sólo en los textos evangélicos, sino incluso en los Hechos de los Apóstoles. Esta cercanía e intimidad con Jesús le pudo granjear el título de «amado» a Juan Zebedeo, algo que es difícil de aplicar a los demás apóstoles, que se mantenían en un perfil más bajo.

Pero esta conclusión es un tanto precipitada, pues la cuestión joánica es mucho más compleja de lo que pueda parecer, a poco que se investigue en ella. ¿Realmente podemos asegurar la pertenencia del discípulo amado al grupo apostólico de los Doce? La clave para responder a este interrogante la tenemos en el mismo Evangelio, concretamente en el capítulo final, el 21:

«21:2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos.

21:7 Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!” 

21:20 Volviéndose Pedro, vio que les seguía el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena se había recostado al lado de él, y le había dicho: “Señor, ¿quién es el que te ha de entregar?”

21:21 Cuando Pedro le vio, dijo a Jesús: “Señor, ¿y qué de éste?” 

21:22 Jesús le dijo: “Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú”. 

21:23 Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: “Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?”

21:24 Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero».

Según se desprende de estos versículos, el autor del Evangelio es el discípulo amado, que está presente en la escena, cuya identidad hay que buscarla en ese grupo reducido que presenció la aparición de Jesús en el lago de Genesareth. Este grupo podemos reducirlo a su vez en dos subgrupos: por un lado, tenemos a los testigos que formaban parte de los Doce; por el otro, a dos discípulos anónimos. En cuanto a los apóstoles, descartados Pedro, Tomás y Natanael (estos dos porque su trayectoria misionera hasta la India nos es conocida, y porque no es lógico que se les identifique con el discípulo amado en este versículo para, un poco más abajo, volver a hablar de este discípulo sin identificarle), nos quedan solamente los hijos de Zebedeo. Como Santiago fue martirizado en fecha temprana, la única posibilidad remanente es que este discípulo era Juan.

Mas también hay que considerar la eventualidad de que ese discípulo fuese uno de los dos que no se identifican, pero esto conllevaría el hecho de que entonces no pertenecería a los Doce, algo que no encaja bien con el perfil que el Evangelio parece aportar sobre él. El misterio que rodea a estos dos discípulos anónimos nos remite también al enigma de quién era el discípulo anónimo que acompañaba a Andrés cuando ambos dejaron a Juan el Bautista para seguir a Jesús, sobre el cual llama la atención Raymond Brown (Jn 1:35-40).

En realidad, siempre me he asombrado de que no se haya prestado la debida atención a los versículos 21 y 22 de este capítulo, que en mi opinión son de una importancia decisiva para esclarecer la identidad del discípulo amado. En efecto, si éste fuese uno de los Doce, ¿por qué Pedro parece quejarse de su presencia, que parece molestar la intimidad entre él y su Maestro? Con sus palabras, parece decir a Jesús: «¿Qué hacemos con este intruso?» Por su parte, éste sigue a distancia a los dos, como no atreviéndose a acercarse, como si temiese ocupar un lugar que no es el suyo.

Estos dos hechos hacen difícil aceptar que perteneciese a los Doce, dificultad que aumenta sobremanera si le identificamos con Juan Zebedeo, uno de los tres que formaban parte del círculo más íntimo y privilegiado de Jesús, cuya presencia nunca hubiera sido rechazada por Pedro, quien jamás pediría a Jesús explicaciones sobre si dejaban estar allí o no a un apóstol tan sobresaliente como Juan.

En conclusión, todo parece indicar que el discípulo amado y Juan no pueden ser la misma persona.

De la misma opinión es Óscar Mercado, quien señala que en este pasaje se percibe claramente que Jesucristo consideraba importante a ese discípulo, a juzgar por la respuesta tajante que da a Pedro. Esto da motivos para pensar que el discípulo amado pertenecía al círculo de Jesús ya desde sus comienzos, pues la importancia del discípulo se medía por su antigüedad en el movimiento. Sin embargo, de la pregunta de Pedro se puede colegir que no pertenecía al círculo de los apóstoles, pues de estar integrado en él las palabras de Pedro carecerían de sentido, pues no preguntaría a Jesús sobre qué hacer con alguien que fuera apóstol». Este razonamiento sobre el pasaje evangélico mencionado descarta por completo a Juan ―a nuestro entender― como candidato a ser identificado con el discípulo amado.

Como vemos, el enigma del discípulo amado es una de las problemáticas más complejas de la cuestión sinóptica, y, objeto de toda clase de conjeturas, está lejos de resolverse.

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