A mucha gente les impresiona ver a actrices que deslumbraron por su belleza y juventud, hoy convertidas en ancianas de más de 90 años (las pocas que viven). La vida es efímera, un auténtico suspiro y pasa volando, cuantos más años se tienen más rápido. Muchos hombres buscaron en vano el elixir de la eterna juventud intentando negar la evidencia, nada más cierto que la muerte y el envejecer que es una realidad que se podrá maquillar o disimular, pero nadie puede evitar.

Antiguamente había más respeto a nuestros mayores, hoy en día cada vez cuentan menos, en el momento que decaen sus fuerzas físicas y no digamos las mentales. Por eso es bueno recordar lo que nos enseña el Catecismo en relación del trato que tenemos que dar a nuestros padres cuando se hace mayores.

El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. “Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?” (Si 7, 27-28).

El respeto filial se expresa en la docilidad y la obediencia verdaderas. “Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre […] en tus pasos ellos serán tu guía; cuando te acuestes, velarán por ti; conversarán contigo al despertar” (Pr 6, 20-22). “El hijo sabio ama la instrucción, el arrogante no escucha la reprensión” (Pr 13, 1).

Cuando los padres se hacen mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos, solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido, el cual permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo.

El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (cf Mc 7, 10-12).