MÍSTICA CIUDAD DE DIOS Sor María de Agreda

Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y otros fieles: le vio María santísima intuitivamente; y otros ocultísimos misterios y secretos que sucedieron entonces.

58. En compañía de la gran Reina del cielo perseveraban alegres los doce Apóstoles con los demás discípulos y fieles aguardando en el cenáculo la promesa del Salvador, confirmada por la Madre santísima, de que Ies enviaría de las alturas al Espíritu consolador, que les enseñaría y administraría todas las cosas que en su doctrina habían oído. Estaban todos unánimes y tan conformes en la caridad, que en todos aquellos días ninguno tuvo pensamiento, afecto, ni ademán contrario de los otros. Uno mismo era el corazón y alma de todos en el sentir y obrar. Y aunque se ofreció la elección de san Matías, no intervino entre todos estos nuevos hijos de la Iglesia un ademán ni menor movimiento de discordia; con ser esta ocasión en la que los diferentes dictámenes arrastran la voluntad para discordar aun los más atentos; porque todos lo son para seguir cada uno su parecer, y no reducirse al ajeno. Pero entre aquella santa congregación no tuvo entrada la discordia; porque los unió la oración, el ayuno y el estar todos esperando la visita del Espíritu Santo, que sobre corazones encontrados y discordes no puede tener asiento.

Y para que se vea cuán poderosa fue esta unión de caridad, no sólo en disponerlos para recibir el Espíritu Santo, sino también para vencer a los demonios y ahuyentarlos; advierto que desde el infierno, donde estaban aterrados después de la muerte de nuestro Salvador Jesús, desde allí sintieron nueva opresión y terror con las virtudes de los que estaban en el cenáculo: aunque no las conocieron en particular, sintieron que de allí les resultaba aquella nueva fuerza que los acobardaba; y juzgaron que se destruía su imperio con lo que aquellos discípulos de Cristo comenzaban a obrar en el mundo con su doctrina y ejemplo.

59. La Reina de los Ángeles María santísima con la plenitud de sabiduría y gracia conoció el tiempo y la hora determinada por la divina voluntad para enviar al Espíritu Santo sobre el colegio apostólico. Como se cumpliesen los días de Pentecostés, que fueron cincuenta días después de la resurrección del Señor y nuestro Redentor, vio la beatísima Madre como en el cielo la humanidad de la Persona del Verbo proponía al eterno Padre la promesa que el mismo Salvador dejaba hecha en el mundo a sus Apóstoles, de enviarles al divino Espíritu consolador, y que se cumplía el tiempo determinado por su infinita sabiduría para hacer este favor a la santa Iglesia, para plantar en ella la fe que el mismo Hijo había, ordenado y los dones que le había merecido. Propuso su Majestad también los méritos que en la carne mortal había adquirido con su santísima vida, pasión y muerte, y los misterios que había obrado para remedio del linaje humano; y que era su medianero, abogado, y intercesor entre el eterno Padre y los hombres, y que entre ellos vivía su dulcísima Madre, en quien las divinas Personas se complacían. Pidió también su Majestad viniese el Espíritu Santo al mundo en forma visible, a más de la gracia y dones invisibles; porque así convenía para honrar la ley del Evangelio a vista del mundo; para confortar, y alentar mas a los Apóstoles y fieles que habían de predicar la palabra divina; para causar terror en los enemigos del mismo Señor, que en su vida le habían perseguido y despreciado hasta la muerte de cruz.

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Redacción de Hispanidad Católica