Los herejes severianos, de que hablan los hechos que referiré, usaban por materia del Sacrificio, en cuanto a la especie de vino, agua sola, mas respecto a la otra especie empleaban como los católicos pan de trigo; de modo que si estaban legítimamente ordenados, (aunque es probable no lo estuviesen muchos de ellos) al celebrar el santo Sacrificio, consagraban de hecho la especie de pan, pero no la de vino por usar materia ilegítima.

Esto supuesto, cerca de Egina, ciudad de la Cilicia, existían dos monjes estilitas, el uno católico y severiano el otro, separados el uno de su contrario seis millas. El monje hereje, más antiguo en la profesión, insultaba al católico, asegurándole que la secta de Severo era la verdadera y legítima Iglesia; mas el católico monje, inspirado de Dios, envió a decir a su opositor que le hiciese la caridad de mandarle parte de la hostia con que comulgaba. Gozoso el hereje por creer que tenía engañado al católico, se la envió, y tomándola éste la sumergió en una olla de aceite hirviendo, deshaciéndose inmediatamente. Volvió a tomar otra Hostia consagrada de la Iglesia Católica y repitió la misma operación, mas en vez de deshacerse enfrió el aceite que estaba en ebullición, quedando ilesa y seca. Esta milagrosa Hostia se guardó luego decentemente, pudiéndola examinar más tarde S. Sofronio, según él mismo asegura.

He aquí un imponente milagro, mirado desde el punto de vista que se quiera; porque aun cuando la hostia del Severiano estuviese consagrada, lo que no es muy probable. Dios quiso obrar semejante prodigio para convencer al hereje de que su Iglesia no estaba en posesión de la verdad; mas si no estaba consagrada, es mucho más de admirar por la misma razón, y además para dar a conocer cuál era la verdadera Hostia, en la cual se contenía Jesucristo.