Aunque para salvarnos sea preciso un favor extraordinario y grande, podemos obtenerle por medio de María. Arribó a Travancor en la India una nave en que iba un soldado que había perdido toda esperanza de salvación por haber entregado su alma en manos del demonio. Pero llegado a tierra entró por disposición de Dios en una iglesia y se puso de rodillas delante de una imagen de María Santísima, pidiéndole que le ayudase y alcanzase perdón de su divino Hijo. Estando así vio que el Niño Jesús que tenía su Madre en los brazos empezó a llorar con tal abundancia, que corriendo las lágrimas por las manos de la Virgen caían en el altar dejando bañados los manteles.

Entonces el soldado prorrumpió también en un llanto copioso, y sintió reanimarse en su pecho la esperanza de alcanzar perdón por medio de aquella Madre piadosa, fuente y venero de misericordia, no dudando que pues el Hijo le recibía con lágrimas le había de perdonar por los ruegos de la Madre. El hecho no pudo quedar oculto: fueron corriendo los compañeros de la navegación a ver el milagro, y encontraron todavía los manteles del altar empapados en lágrimas como testimonio de lo sucedido. El resultado fue que el militar hizo al instante una dolorosa confesión general, y voto de entrar en religión, como lo cumplió, para unirse con Dios más íntimamente el que antes lo había estado con el enemigo infernal. (Auriem. t. 2, pág. 290.)

OBSEQUIO

Una visita a la Santísima Virgen pidiéndole nos alcance la gracia de ser agradecidos a los beneficios que nos ha hecho su divino Hijo, y perdón de nuestra ingratitud.