Santa Isabel, reina de Portugal, tenía un paje virtuosísimo, de quien se servía para distribuir las limosnas a los pobres. Otro paje, envidioso, lo acusó al rey de un grave delito. Este lo creyó y pensó castigarlo pronto. Llamando al jefe de los hornos, le dijo que a la mañana siguiente le mandaría un paje a preguntarle si había ejecutado las órdenes del rey; que él entonces lo cogiese y lo echase sin más al horno más encendido. Combinada así la cosa, a la mañana siguiente fue enviado allá el paje. Mas pasando éste delante de una iglesia, y acordándose que aquella mañana no había aún oído Misa, entró en ella y se detuvo a oír dos.

Entre tanto, el rey, impaciente, mandó al paje envidioso a ver si se habían ejecutado sus órdenes; y el hornero, creyendo fuese aquél el culpable, lo cogió, echándole en un horno ardentísimo, donde fue en breve consumido por las llamas. Poco después llegó el primer paje y pregunta:

-¿Habéis ejecutado las órdenes del rey?

-Sí –respondió el jefe-; id y decidle que todo se ha ejecutado como dispuso.

Volvió el paje al rey con la respuesta, y éste, al verlo, quedó maravillado; pero, cuando supo lo acaecido, no pudo menos de reconocer los justos juicios de Dios, y devolvió la estimación al paje bueno y virtuoso, salvado de la terrible muerte por medio de la Santa Misa

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San Antonio nos cuenta de dos jóvenes asaz bribones que iban un día de paseo. El uno había oído Misa aquella mañana, y el otro no. Mientras se hallaban en un bosque, he aquí que se oscureció el cielo y se levantó un fuerte temporal. Entre los truenos y los relámpagos, oyen una voz que dice: “Mátalos, mátalos” Y en seguida cayó un rayo, que convirtió en cenizas a uno de ellos. Asustado el otro, se dio a la fuga; pero se oye la misma voz, que grita: “Mátalo, mátalo”. El pobre se tiene por muerto, y esperando ser tocado del rayo, se siente otra voz que responde: “No puedo, no puedo; porque esta mañana ha oído Misa, y la Misa por él oída me impide descargar el golpe.”

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Vayamos, aun a costa de sacrificios, a oír Misa. Ella fue instituida para ser el pararrayos del mundo contra la justa cólera de Dios, irritado por nuestros pecados. ¡Oh, cuántas veces Dios nos habrá librado de la muerte y de muchos gravísimos peligros por la Santa Misa que habíamos oído! “La Santa Misa –dice San Leonardo- es como el sol que esparce sus rayos sobres buenos y malos, y no hay alma tan mala en la tierra que, oyendo o haciendo celebrar Misas, no logre algún gran bien, sin que lo piense ni lo pida”.

La mañana del 31 de mayo de 1906 se atentó contra la vida de los Reyes de España. La bomba homicida, que debía causar el asesinato, estalló estrepitosamente, esparciendo la muerte en torno; pero dejaba, por verdadero milagro, incólumes al rey Alfonso XIII y a su augusta consorte.

Se supo después que en aquel mismo día y poco antes de aquella misma hora, en el célebre Santuario de Nuestra Señora de Baviera, se celebraba Misa por dichos reyes, encargada por ellos unos días antes. Para memoria del hecho, mandaron el rey y la reina al dicho Santuario un trozo de la bomba que había penetrado en la carroza, repujado en oro con esta inscripción: “En prenda de gratitud a la Reina del Cielo, nuestra amadísima Señora, el rey Alfonso XIII de España y la reina Victoria. -31 de mayo de 1906.”

Cuadro pintado por Fray Juan Andres Rizi en 1650, titulado “La Misa de San Benito”. Se encuenta en el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.