TRECENA DEL GLORIOSO SAN ANTONIO DE PADUA

Se refieren los muertos resucitados por el Santo, explicando el primer punto de su Responsorio.

Tenía el Santo en Lisboa, su patria, un sobrino, hijo de su hermana, llamado Paricio ; el cual siendo niño se fue con otros muchachos a embarcar en un barquillo, a la playa del mar. Estaba este muy sereno, cuando empezando apenas el chico a remar con los otros, se levantó repentinamente un viento impetuoso, de suerte, que echó a pique el barco, que no sabían gobernar. Se salvaron a nado todos los demás compañeros, y sólo Paricio que no sabía nadar, quedó ahogado. Noticiosa de ello su afligida madre envió a sacar el cuerpo del hijo, y habiéndolo encontrado, empezó inflamada de fe a hacer ardientes súplicas a su hermano de que resucitase al sobrino, añadiendo a la instancia el voto de meterle Fraile de los Menores conventuales, y he aquí, como el cadáver del chico, que con el hedor empezaba ya a dar señales de corrupción, se regenera, y volviendo el alma inmediatamente a vivificarle, abrió los ojos, habló, vivió, y llegando la edad de joven le entregó su madre, en cumplimiento del voto, a su tío Antonio, vistiéndole el hábito del Seráfico Padre S. Francisco.

Así mismo resucitó en la Marca Trivigiana a un hijo de cierto tendero, y en León a la Infanta hija de aquel Rey, y restituyó la vida a otros infinitos que se omiten por brevedad, según puede leerse en la vida del Santo, escrita por Lelio Mancini Policiano, Catedrático primario de Leyes de la famosa Universidad de Padua, en el libro 2, folio 156, y en las Crónicas de los Menores, en la vida del Santo.

Oración a S. Antonio

Te ruego, oh gloriosísimo Santo, que así como por tus méritos recibiste de tu Niño Jesús el privilegio especial de ahuyentar la muerte, y resucitar a los difuntos; intercedas con Dios, que es vida del hombre, para que todos aquellos que están muertos por el pecado, se digne resucitarlos a la gracia; y a aquellos que muertos en el mundo experimentan en el Purgatorio las penas de los pecados cometidos, les conceda la gloria; y a mí tu devoto, si por mis pecados me hallo muerto para con Dios, me permita por tu mediación, y patrocinio, resucitar de la culpa en que estoy sepultado, y hacer de suerte que siempre viva en Dios, libertándome sobre todo de aquella muerte repentina, que ordinariamente con el cuerpo, mata también al alma, haciéndome siempre vivir con mi Dios, con el cual vives tú con vida inmortal por todos los siglos. Amén.