Desgraciadamente cada vez son más abundantes los robos en las Iglesias, pero no tanto objetos de valor material, sino sobre todo formas consagradas para emplearlas en rituales satánicos. Mientras muchos católicos están tibios con relación a la presencia real de Cristo en la Eucaristía, las personas consagradas al mal creen firmemente en la presencia real de Cristo y buscan formas consagradas para profanarlas. Debemos impedir por todos los medios que esto suceda. Uno de los robos más sonados fue el que se produjo no hace mucho en la arquidiócesis de León. Robaron la Santísima Eucaristía del Templo del Señor del Buen Viaje perteneciente a la parroquia de la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato. Se cree que el latrocinio de la Eucaristía fue para emplearlo en cultos a Satanás.
Hubo gran indignación entre los feligreses que realizaron actos de desagravio.

Para que no se repitan nunca más casos como estos, es cada vez más importantes que nuestros templos estén vigilados de manera permanente, especialmente la zona del Sagrario, que debe estar bajo llave y en algunas parroquias está detrás de un cristal blindado para mayor seguridad. Toda precaución es poca para proteger el cuerpo de Nuestro Señor.

La Iglesia nos recuerda que el primer mandamiento de Dios reprueba los principales pecados de irreligión: la acción de tentar a Dios con palabras o con obras, el sacrilegio y la simonía.

El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente (cf CIC can. 1367. 1376).