Juan Donoso Cortés, Tradición frente a modernismo

El P. Gómez Mir nos acerca al pensador Juan Donoso Cortés, un gran intelectual español del siglo XIX, considerado el perfecto teórico de la contrarrevolución, un gran flagelo del liberalismo y un hombre con visión de futuro, intuyendo muchas de las grandes lacras de la modernidad y las democracias liberales.

¿Quién fue Juan Donoso Cortés?

El marqués de Valdegamas fue periodista, filósofo, político, parlamentario, diplomático y gran orador. Su pensamiento fue admirado y tuvo influencia sobre hombres de la talla de Metternich, Guizot, Veuillot, Carl Schmitt, Jünger, Juan Valera, Cánovas del Castillo, Menéndez y Pelayo, Joaquín Costa, Vázquez de Mella, Ramiro de Maeztu…

La respuesta que dio cuando algunos lo proponían para encabezar un nuevo Gobierno en España es definitoria: “Soy harto rígido, harto absoluto y dogmático para convenir yo a nadie y para que nadie me convenga a mí”. Pero no fue siempre así.

¿Qué sabemos de su vida y primeros años?

Nació en 1809 en Villanueva de la Serena, en Extremadura, en una familia de raigambre noble que tenía a gala contar con Hernán Cortés, el conquistador de México, entre sus ancestros. Estudió Filosofía en Salamanca y Cáceres y Derecho en Sevilla. Se distinguió en los estudios de metafísica y lógica adquiriendo así los instrumentos para organizar su pensamiento con tanta solidez.

Cayó pronto en las redes del liberalismo…

Manuel José Quintana, liberal de pro, fue su mentor y desde muy pronto se adscribió al liberalismo doctrinario, aunque no de signo exaltado, ya que siempre fue conservador y monárquico, lo cual le llevó al Partido Moderado. No obstante su ideario liberal no se ponía en duda en esta época y la prueba es que fue secretario de Mendizábal, el perpetrador de aquel latrocinio que fue la desamortización.

En este tiempo de juventud se hinoja ante el siglo XVIII y sus luces, ante Rousseau y ante el mito del progreso indefinido entronizando la razón humana.

En él se va a poder apreciar un evolución, una verdadera conversión en el pensamiento del liberalismo al tradicionalismo.

Efectivamente en el pensamiento y no tanto en las costumbres, ya que Donoso fue siempre católico y nunca perdió la fe, pero el auge revolucionario en la Europa de 1848, que vivió de cerca como diplomático en Francia y Alemania y la dolorosa muerte de su hermano Pedro provocó en él una crisis de la que salió convertido. Radical cambio ideológico que guió sus pasos hacia el tradicionalismo y la defensa de la religión católica como referencia suprema y a la Iglesia de Roma como norte hacia el que dirigir sus naves en busca de salvación. La razón cae de su trono y se le antoja inane sin la ayuda de la fe.

Su fidelidad a la monarquía fue de una lealtad fuera de toda sospecha.

María Cristina, reina madre y, durante un tiempo, regente confió en él en los momentos más difíciles. Tanto es así, que es Donoso quien va a esperarla a Marsella el 18 de octubre de 1840, desde donde redacta en su nombre un manifiesto de despedida a los españoles. Nunca admitió que la Monarquía española hubiera sido despótica.

Diputado por Badajoz, en 1846 recibe el marquesado de Valdegamas con Grandeza de España. En 1850 lanza el discurso sobre la situación de España, en el que corta amarras definitivamente con los liberales moderados. Siente que el Gobierno de Narváez le ha defraudado porque gobierna sin atención a los bienes superiores, los bienes espirituales. De ahí nacerá su gran obra: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, de 1851.

¿Cómo Donoso atisba los puntos flacos del liberalismo?

Donoso va percibiendo poco a poco la debilidad del liberalismo que reside en su deprecio hacia la teología. Y por lo tanto en su desconocimiento del vínculo, misterioso pero real, que existe entre las cuestiones políticas y las sociales y religiosas. La ideas liberales no tienen una concepción clara de Dios y, por lo tanto, tampoco del hombre y su problemática, del bien y del mal, del orden y del desorden…

No pocos liberales afirman ser cristianos y creer en Dios, pero este Dios ya no tiene nada que ver con su Creación. Este Dios del liberalismo ha otorgado a los gobernantes, a quienes ha confiado la gestión de los Estados, plena soberanía. El problema de lo verdadero o falso, del bien o del mal, se convierte en manos de este liberalismo en una cuestión de gobierno. Es un pensamiento deísta: niega la soberanía de hecho de Dios pero reconoce la soberanía de derecho.

Por tanto se convierte el liberalismo en el enemigo a batir…

Efectivamente y más concretamente el liberalismo burgués. La razón que aduce es que siendo estos los que por su origen espiritual y social debían luchar en las filas de la reacción para salvaguardar el orden, son los que con su indecisión y sus flirteos, con su miedo a decidirse o a ser considerados retrógrados, han favorecido el avance destructor de la revolución, dándose cuenta a posteriori de que lo primero que va a ser dinamitado son sus propios intereses y privilegios. Los mismos pirómanos acaban gritando: ¡Fuego!

La influencia de Bonald y de Maistre sobre él es innegable. El primero asumiendo la definición que hiciera el segundo de la Revolución como “mal radical”, y desvelando su “carácter satánico”, decía que los ateos niegan primero la causa y luego el efecto, es decir, niegan a Dios y como consecuencia se niegan a sí mismos. Por lo cual si se prescinde de Dios en este mundo ya no existe ninguna otra fuerza sobre el poder. De ahí la fórmula donosiana: “Donde quiera que el hombre sólo obedece a Dios, hay libertad, y dondequiera que obedece al hombre, hay servidumbre”

¿Cómo define la revolución?

Siguiendo a De Maistre y sus “Considerations sur la France” juzga toda revolución como insurrección contra la autoridad legítima, constituyendo el más terrible crimen. No obstante, cree igualmente, que la revolución puede servir a los planes de Dios, ya que con ella castiga a los pueblos y les hace volver a Él.

Donoso dice en su “Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo”: “Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: “Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología. Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas”.

La revolución de 1848, y toda la conmoción social que arrastró, radicalizó su visión política desde el liberalismo doctrinario conservador a posiciones tradicionalistas y ultramontanistas como la defensa a ultranza del Papa Pio IX.

Napoleón III decía que Donoso era el perfecto teórico de la contrarrevolución.

Donoso tuvo muchas intuiciones que fueron verdaderas profecías: El advenimiento del Totalitarismo y las consecuencias políticas del “nihilismo” en la cultura contemporánea. Previó que la futura revolución socialista no estallaría en Londres, a pesar de todos los conflictos fruto de la Revolución Industrial, sino en San Petersburgo. Criticó el parlamentarismo moderno y las lacras que supondría. Y definió la burguesía como clase discutidora y causante de las revoluciones por lo cual proponía el “decisionismo”, como solución, cuando la ley ya no servía para poner orden porque no se podía fundar un Estado sobre la discusión.

La ley, no teniendo fuerza bastante para defender la libertad y para defenderse a si misma, busca un dictador que la defienda. En esos momentos de crisis, harto frecuentes en la vida de los pueblos, la dictadura es la única que puede servir de escudo a la libertad y a la ley”.

¿Cuál es su teoría al respecto?

Su teoría es clara: cuando la legalidad basta para salvar a la sociedad: la legalidad; pero cuando no basta: la dictadura. Cuando la libertad se ha desquiciado y se convierte en anarquía quedan dos alternativas, y son dictaduras: o la dictadura de la rebelión o la dictadura del Orden. Incluso llega a decir que lo que el milagro es a la teología, la dictadura lo es al Estado.

Todo ello se debe a la incurable ceguera de las clases burguesas. Discutidoras las llama él. Esas clases dominantes en Europa están ayunas de las dos características que hacen posible el gobierno pacífico y ordenado de un pueblo: la de la obediencia y la del mando. No saben mandar a los que obedecen, ni saben obedecer a los que mandan; no saben sino agitar la sociedad y promover irresponsablemente mil discusiones inanes que la llevan finalmente a provocar la revolución y a tener que refugiarse finalmente en la dictadura.