El éxtasis de los santos (1): Carros de fuego

Por Laureano Benítez Grande-Caballero

(Extraído de su libro: PARAPSICOLOGÍA DE LOS MILAGROS)

La palabra éxtasis procede etimológicamente de ex-stare, que puede traducirse como “estar fuera”. Santo Tomás decía que el éxtasis es «una elevación del alma a lo sobrenatural, por virtud divina y con enajenación de los sentidos». Esto significa que durante el éxtasis la conciencia está fuera del mundo sensorial externo, de la realidad ordinaria perceptible por los sentidos, permaneciendo insensible ante ella. A la vez que se produce esta retirada, la conciencia está vuelta hacia adentro, hacia el mundo interior, haciéndose sensible a los “sentidos internos”, a las dimensiones supraconsciente y subconsciente.

Esto explica el efecto más perceptible del éxtasis: el extático parece ausente de su cuerpo, insensible a él y a todo lo que le rodea. Precisamente, una de las pruebas para verificar un estado de éxtasis es comprobar la insensibilidad del cuerpo del extático, por ejemplo sometiéndolo a pequeñas quemaduras y pinchazos.

Esta retirada de los sentidos externos es una consecuencia del éxtasis, pero, a su vez, es también una causa de él, pues la contemplación mística requiere como condición previa que el sujeto que medita haya realizado previamente una represión sensorial con el objetivo de desapegarse del mundo exterior, controlando los sentidos con el fin de pacificar y estabilizar la mente, condición indispensable para ir más allá de ella y abrir nuestra conciencia a la dimensión divina.

Todos los santos de la tradición cristiana han sido protagonistas de sucesos extraordinarios de naturaleza extática, pues estos fenómenos van acompañados frecuentemente de carismas sobrenaturales: clarividencia, don de profecía, estigmatizaciones, levitaciones, bilocaciones, revelaciones sobrenaturales, etc.

De entre los innumerables ejemplos que pueden ponerse, espigaremos unos cuantos:

Durante los 17 años que José de Cupertino (1603-1663) estuvo en el convento de Grotella, sus compañeros de comunidad presenciaron 70 éxtasis de este santo.

Desde el día de su ordenación sacerdotal su vida fue una serie ininterrumpida y asombrosa de éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales. Bastaba que le hablaran de Dios o del cielo para que se volviera insensible a lo que sucedía a su alrededor. Ahora se explicaban por qué de niño andaba tan distraído y con la boca abierta, hasta el punto de que se referían a él con el apodo de «boquiabierta».

Cuando estaba en éxtasis le pinchaban con agujas, le daban golpes con palos y hasta le acercaban a sus dedos velas encendidas y no sentía nada. Lo único que le hacía volver en sí era oír la voz de su superior que lo llamaba a que fuera a cumplir con sus deberes. Cuando regresa-ba de sus éxtasis pedía perdón a sus compañeros diciéndoles: «Excúsenme por estos “ataques de mareo” que me dan».

Durante sus éxtasis entraba tan frecuentemente en levitación, que esto le ha llevado a ser nombrado patrono de los astrónomos.

Sin embargo, a pesar de que los estados extáticos producen generalmente unas condiciones semicatalépticas, son relativamente frecuentes los casos en los que los santos son capaces de desempeñar normalmente las funciones de su vida diaria en estado de trance.

Como muchos santos, santa Gema Galgani tenía frecuentemente éxtasis en el transcurso de su vida ordinaria. Cualquier pensamiento de cosas celestiales, la vista de una imagen devota, una conversación espiritual, la lectura de un punto sobre la Pasión y cosas más insignificantes bastaban para elevarla al estado extático. En tal estado, la insensibilidad era completa, pudiéndose golpearla, pincharla y hasta quemarla sin que sintiese absolutamente nada. La señal más reveladora de que había entrado en éxtasis eran sus ojos, que aparecían inmóviles y resplandecientes, fijos en la visión que los recreaba, o elevados al cielo.

Por lo demás, ese estado no le impedía desempeñar los deberes de su vida cotidiana. No perdía el movimiento de sus miembros ni totalmente el uso de los sentidos. Proseguía caminando, trabajando, escribiendo… como si nada ocurriese.

Cuando escribía cartas a su confesor solía entrar en trance cada vez que redactaba palabras donde traslucía su amor a Jesús: «Perdone, padre mío, y no se enfade, pero es que, mientras escribía esta carta, en especial esta página y la anterior, se me ha ido varias veces la cabeza».

Cuando acudía a la iglesia, después de la comunión y durante las visitas a Jesús Sacramentado, los éxtasis eran más largos y completos. Duraban cerca de media hora, hasta que alguien le advertía de que era hora de marcharse. En estos casos, se le encendía el rostro, se le vidriaban los ojos, se transfiguraba su cuerpo y quedaba fuera de sí en alta contemplación.

Sin embargo, sus éxtasis más conocidos son los que iban asociados a las llagas de la crucifixión de Jesús, los cuales recibía del jueves al viernes de cada semana. El corazón le empezaba a latir fuertemente; se le encendía el rostro, y a los pocos instantes ya estaba en pleno éxtasis. Arrodillada junto a la cama o sentada en un sofá entraba en participación de los tormentos de Jesucristo, mostrando los estigmas y sufriendo intensos dolores.

«Algunas veces, cuando me pongo a rezar, en especial a tener la meditación sobre la Pasión de Jesucristo, se me va a la cabeza, y entonces ya no veo a nadie más que a Jesús, ni siento nada, por más que me pinchen… He probado a ver si podía distraerme y conseguía no dormirme, rezando con los labios, pero me parece que no lo voy a conseguir».

Una característica importante de sus éxtasis eran su suavidad y naturalidad —exceptuando los estigmáticos—, ya que durante ellos permanecía tranquila, con los ojos cerrados y las manos juntas, como si estuviese entregada a un dulce sueño. Sus rostro, ordinariamente plácido y sereno, parecía el de un ángel.

Los éxtasis de los santos se producían independientemente de su voluntad, y frecuentemente contra su voluntad, por más que las disciplinas parapsicológicas intenten demostrar que eran provocados con ayunos, vigilias y neurosis histéricas. En efecto, cualquier circunstancia de la vida ordinaria ¾una imagen, un canto, un elemento de la naturaleza, la eucaristía…¾ bastaba para inducirles al estado extático.

Después la comunión, Teresa Neumann entraba casi siempre en estado de quietud superior. Durante él, tenía la impresión de que estaba unida con Cristo en la bienaventuranza celestial. Se sentaba y se quedaba casi inmóvil, con los ojos cerrados, pero con la expresión feliz y distendida. Se le podía hablar, a diferencia de lo que ocurría durante las visiones, lo cual era aprovechado por sus escasos testigos para plantearle preguntas y pedir consejos. Sus afirmaciones o réplicas manifestaban entonces conocimientos que superaban con mucho la cultura de Teresa Neumann en su estado normal, llegando a expresarse en un alemán casi literario. La personalidad de quien hablaba con ella quedaba al desnudo; y en ocasiones, para crear una cierta confianza, hacía algunas observaciones personales sobre la vida pasada del interlocutor sin formular reproche alguno.

De vuelta a su conciencia normal, Teresa no recordaba en modo alguno lo que se había hablado. Otra forma de estado extático de Teresa Neumann era el denominado estado «de oración de quietud», en que el alma, unida a Dios, pierde toda noción del tiempo.

Una forma e intensidad especial del estado extático es el «estado de arrobamiento». Teresa Neumann caía en él siempre que veía algo sorprendentemente hermoso; por ejemplo, una puesta del sol con colores especialmente bellos, un paisaje magnífico, o cuando asistía a un sermón en el que se hablara del amor y bondad de Salvador, o durante visiones especiales. En estos casos se sentaba o permanecía de pie tranquila, sonriendo feliz de continuo, con las manos cruzadas sobre el pecho. Según decía ella misma después, ya no podía pensar y sólo sentía la grandeza y el poder de Dios y del Salvador. El párroco Naber habla así de sus estados de arrobamiento:

«Desde las Navidades de 1931 han reaparecido las visiones espirituales. Aparecen siempre que tiene conciencia viva de la grandeza, poder y belleza de Dios. Entonces su pecho se levanta, abre la boca y los ojos, lucha por encontrar aire o permanece sentada tranquilamente, siempre sonriendo y con las manos cruzadas sobre el pecho. Una plenitud de “gozo en el Señor” se desarrolla entonces en ella; en cierto modo siente la grandeza y el poder de Dios y del Salvador, como ella dice».

Pero, sin duda, el motivo recurrente en muchos santos para entrar en éxtasis es la contemplación de la Pasión de Jesús.

Alejandrina da Costa (1904-1955) quedó paralítica a los 20 años, como consecuencia de unas fiebres tifoideas y de una caída que sufrió mientras escapaba de un asaltante que pretendía violarla. Desde el 14 de abril de 1924 ya no volvió a abandonar la cama.

Durante los seis años siguientes, Alejandrina se entregó a la religión. En 1931, experimentó su primer éxtasis, durante el cual, según relató después en la autobiografía que redactó a partir de 1940, se le apareció Jesucristo y le asignó un cometido vitalicio: «Ama, sufre y expía los pecados del mundo».

A partir de ese momento, experimentaba frecuentes visiones y recibía mensajes de Jesucristo. El 6 de septiembre de 1934 refirió una visión decisiva, en la cual, según ella, Jesucristo le dijo:

«Dame tus manos, porque quiero clavarlas con las mías; dame tus pies, porque quiero clavarlos con los míos; dame tu cabeza, porque quiero coronarla con espinas como me hicieron a Mí; dame tu corazón, porque quiero atravesarlo con una lanza como atravesaron el mío. Conságrame tu cuerpo, ofrécete a mí por entero (…). Ayúdame a redimir a la humanidad».

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