Los éxtasis de los santos (y 2): sus manifestaciones místicas

Por Laureano Benítez Grande-Caballero

(Extraído de su libro: PARAPSICOLOGÍA DE LOS MILAGROS)

El éxtasis, que es el fenómeno místico por excelencia, suele ir acompañado de un conjunto variado de manifestaciones psíquicas paranormales. Según recientes estudios médicos con sujetos en estado extático, estos fenómenos pueden producirse debido a una serie de cambios fisiológicos a nivel metabólico que tienen lugar durante estos estados alterados.

Entre estos fenómenos místicos asociados al éxtasis destacaremos los siguientes:

  • La transverberación, que consiste en una “herida de amor” que se siente físicamente en el corazón, y que, según la experiencia de los santos, es causada por un “dardo luminoso”.

Algunos autores afirman que éste es el origen de Anfortas, el “rey herido” por una lanza de las leyendas que giran en torno al Santo Grial, el cual no sería sino el símbolo del corazón herido en el cual se derrama el amor divino.

En el siglo XIII, Angela de Foligno escribía: «Yo diría, si queréis, que el amor tomó, al tocarme, la apariencia de una guadaña. Me pareció que un instrumento cortante me tocaba, y después se retiraba, al no penetrar tanto para dejarse entrever. Yo estaba llena de amor, estaba colmada de una plenitud inestimable.

Pero escuchad el secreto: esta saciedad engendró un hambre indecible, y mis miembros se quebraron y se partieron de deseo, y yo languidecí, yo languidecí por lo que está del otro lado. Ni ver, ni escuchar, ni sentir la criatura. ¡Oh, silencio! ¡Silencio! El amor se acercaba, me hizo una quemadura más ardiente, y luego ahí estaba el deseo, el deseo de ir allí donde él está… Me habrían hecho un mal horrible si me hubiesen contado la Pasión, o si hubieran nombrado a Dios delante de mí, porque al oír ese nombre me deleito con un gozo tan infinito que me siento crucificada de languidez y de amor».

Santa Teresa nos dejó el siguiente relato sobre el fenómeno de la transverberación, el cual plasmó Bernini en la famosa escultura que se encuentra en la iglesia de santa María de la Victoria, en Roma.

«Vi a mi lado a un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia me sucede ver a los ángeles, se trata de visiones intelectuales, como las que he referido más arriba…

El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines… Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero, al mismo tiempo, la dulzura de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella».

Aparte de sus estigmas visibles, el Padre Pío (1887-1968) llevó durante toda su vida un estigma invisible, una herida interna que no sangraba, que no se mostraba a la luz, pero que era mucho más profunda que las llagas externas. En la mística se la conoce con el nombre de “herida de amor”, o “dardo de fuego”, una prueba común en muchos santos que el Padre sufrió —¿coincidencia?— en la víspera de la fiesta de la Transfiguración (5 de agosto de 1918). Su experiencia recuerda mucho a la transverberación de santa Teresa de Jesús.

«Sí, mi alma está herida de amor a Jesús; estoy enfermo de amor; siento de continuo el dolor amargo de ese fuego que quema sin consumir». Estas palabras del padre Pío parecen anunciar el fenómeno de transverberación que sufrió antes de recibir los estigmas.

«Estaba confesando a nuestros muchachos la tarde del 5, cuando de pronto fui lleno de un terror extremado a la vista de un personaje celestial, que se presentó ante los ojos de mi inteligencia. Tenía en la mano una especie de instrumento, parecido a una hoja de hierro muy larga con la punta afilada, que parecía que acababa de salir del fuego.

»Ver todo esto y observar que ese personaje lanzaba con toda violencia ese instrumento contra mi alma, fue todo uno. Apenas si lancé un lamento, y me sentí morir. Ese martirio duró sin interrupción hasta el día 7. No puedo decir lo que sufrí durante ese tiempo tan doloroso. Incluso creía que mis entrañas iban a ser arrancadas y extraídas por ese instrumento. Desde ese día estoy herido de muerte. Siento en lo más íntimo de mi alma una herida siempre abierta, que me hace sufrir de continuo».

La transverberación suele tener como efecto somático el aumento de la temperatura corporal, especialmente en la zona del corazón, fenómeno que recibe el nombre de hipertermia en el lenguaje parapsicológico. El Padre Pío de Pietrelcina tuvo a lo largo de toda su vida accesos de fiebre altísima, en los cuales el termómetro llegó a marcar más de 43 grados.

  • El incendius amoris: Es un fenómeno que generalmente va asociado a la transverberación. Consiste en un intenso calor corporal que quema materialmente la carne y la ropa cercana al corazón. Un caso notable es el del corazón de san Pablo de la Cruz, fundador de los pasionistas, el cual ardía de tal manera, que más de una vez su túnica de lana aparecía completamente quemada por la parte del corazón. De san Estanislao de Kotska se cuenta que era tan fuerte el fuego que lo consumía, que en pleno invierno era necesario aplicarle sobre el pecho paños empapados de agua helada. Santa Caterina de Génova no podía acercar su mano al corazón sin experimentar un calor intolerable.

San Felipe Neri (1515-1595), debido a sus éxtasis y visiones, producto del amor devorador que tenía a Dios, sentía un fuego interior que le abrasaba, hasta el punto de hacer subir su temperatura corporal, de modo que debía desabrocharse frecuentemente sus vestiduras para refrescar un poco su piel, aunque fuera pleno invierno.

La petición más frecuente de Felipe en sus oraciones era que se le concediera un gran amor hacia Dios. Durante una vigilia de la fiesta de Pentecostés, mientras rezaba con gran fe pidiendo a Dios el poder amarlo con todo su corazón, éste creció y se le saltaron dos costillas. Felipe, entusiasmado y casi muerto de la emoción, exclamaba: «¡Basta Señor, basta! ¡Que me vas a matar de tanta alegría!». Cuando lo fueron a enterrar, se dieron cuenta de que su corazón se había ensanchado notablemente.

Cuando Gregorio XIII ordenó que todos los confesores llevaran sobrepelliz, él se presentó con su acostumbrada chaquetilla y con la sotana desabrochada. Ante la sorpresa del Papa, el padre Felipe explicó: «No puedo ni siquiera abrocharme la chaquetilla, ¿y su Santidad quiere que lleve encima una sobrepelliz

Naturalmente, el santo quedó exento de esa orden papal.

  • La “luz tabórica”: En muchas ocasiones, el éxtasis ¾que es una verdadera iluminación¾ produce la llamada “luz tabórica”, que hace resplandecer con su luminosidad al santo que se encuentra en estado extático, la cual puede ser percibida por los que le rodean. La luz divina es un dato de la experiencia mística. Es el carácter visible de la divinidad, de las energías por las cuales Dios se comunica y se revela a los que han purificado sus corazones.

El calificativo de “tabórica” tiene como fin remitir la transfiguración del éxtasis a aquella transfiguración que experimentó Jesús en el monte Tabor. También pertenece a este fenómeno el aura que desprenden muchos santos, especialmente rodeando su cabeza, que puede explicarse como energía vital superabundante que se manifiesta en el área de la luz visible del espectro mediante su “pureza espiritual”. Es decir, mediante su falta de vibraciones interferentes provenientes de pensamientos confusos y construcciones mentales.

En la Vida de Simeón (400-459), escrita por Nicetas Stéthatos, se encuentran algunas indicaciones particularmente precisas que conciernen a la experiencia de la “luz tabórica”:

«Una noche en que estaba orando y en que su inteligencia purificada se encontraba unida a la inteligencia primera, vio una luz en lo alto. De repente, esta luz pura e inmensa que provenía del cielo arrojó su claridad sobre él, alumbrándolo todo y produciendo un esplendor parecido al día.

Parecía que la casa y la celda donde se encontraba se habían desvanecido, pasando a la nada en un abrir y cerrar de ojos; que él mismo se encontraba arrebatado por los aires y había olvidado enteramente su cuerpo… »

Otro ejemplo de irradiación corporal es el célebre caso de San Serafín de Sarov (comienzos del siglo XIX). El discípulo que más tarde consignó las revelaciones del santo cuenta que le vio una vez tan brillante, que le era imposible mirarle. Y que exclamó: «No puedo miraros, Padre: vuestros ojos proyectan destellos, vuestra cara se ha hecho más resplandeciente que el sol y yo me encuentro mal a fuerza de miraros».

  • Los dones de lenguas: Un fenómeno curioso que acompaña a veces al éxtasis es la “glosolalia”, el lenguaje del éxtasis, conocido también bajo el nombre de “don de lenguas”. A veces se confunde con la “xenoglosia”, facultad de hablar en lenguas extranjeras que no se conocen previamente. Se ha registrado, a lo largo de los siglos, en numerosas culturas y situaciones. San Pacomio, abad egipcio, afirmaba que hablaba con los ángeles, y escribía en un alfabeto místico comprensible sólo para aquellos que se hallaban en un estado de gracia especial y bendecidos de la misma forma que él. La alemana Santa Hildegarda (1098-1179) hablaba y escribía ¾con un alfabeto desconocido¾ un lenguaje extraño que tradujo al alemán.

El don de lenguas y la interpretación de lenguas tienen su primera manifestación el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles hablaron los varios idiomas de los que escuchaban (He. 2, 4), pero a esto habría que llamarlo xenoglosia, pues el lenguaje que se habla en la glosolalia no es ninguna lengua conocida, y no se emplea para transmitir ideas, sino para hablarle a Dios en oración. Por eso, es un lenguaje aparentemente ininteligible ya que la experiencia de Dios es inefable, un tipo de locución distintiva de la vida espiritual y distinta del habla común, la cual es radicalmente inadecuada para la comunicación con Dios que se produce en el éxtasis. Es frecuentemente comparada a los balbuceos de un niño.

Durante sus visiones históricas Teresa expresaba un sorprendente don de lenguas. Aparte de recrear con todo detalle las escenas, y de participar sensorialmente en ellas por ejemplo, sintiendo calor si eso sucedía en el pasaje que revivía, aunque en el tiempo real hiciera frío; durante la visión de la resurrección de Lázaro, en el momento de abrir la tumba hizo gestos de contraer la nariz y de tapársela por el mal olor, podía repetir lo escuchado en las diferentes lenguas, a pesar de su total desconocimiento de ellas. En una visión de la Virgen María en Lourdes, por ejemplo, fue capaz de hablar en francés con acento pirenaico.

Pero su xenoglosia más espectacular era cuando repetía palabras en arameo a la vez que visionaba escenas de la vida de Jesús. Contemplando la escena de la crucifixión, Teresa pone en boca de Jesús las palabras Aes-khe (“Tengo sed”). Cuando el profesor Wurz, experto en lenguas semíticas que escuchaba junto a Teresa la grabación de esta visión, oyó estas palabras, sintió un asombro inaudito. Se había esperado otra palabra sakhena, y así se lo repetía a Teresa. Pero ella insistía en haber oído aes-khe. Entonces Wurz consultó obras especializadas y encontró que existe el verbo aes-khe para significar “tengo sed”. De acuerdo a sus comprobaciones, se trata de un verbo neohebreo, a medio camino entre la lengua aramea y la hebrea, cuyo conocimiento era imposible para Teresa. Esto contradice totalmente el intento de explicar el don de lenguas de Teresa mediante sugestión ajena.

Cuando visualiza el momento en el que se le ofrece a Jesús una esponja empapada en vinagre, éste la chupa y exclama: «Salem kulekhi» (“Se ha consumado”). Y, tras una pausa: «Abba, bedayakh afkedh rukhi» (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”).

Algunos observadores creyeron que estaba en comunicación mediúmnica con algún testigo contemporáneo de la crucifixión de Cristo.

  • Las visiones, revelaciones y apariciones suelen producirse en estado de éxtasis, a la vez que pueden provocarlo; también la profecía y otros tipos de clarividencia encuentran aquí un ámbito adecuado. Los ejemplos son tan abundantes, que merecen capítulo aparte.

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Redacción de Hispanidad Católica