Ricardo Pareja era un joven punky cuya vida eran las drogas y el alcohol. Un día un grupo violento le dio una severa paliza y lo dejaron medio muerto. A través de esta salvaje agresión se fue dando cuenta de que no iba por buen camino.

Tras llevarlo al hospital allí estuvo dos semanas ingresado hasta que se recuperó. Y tuvo tiempo para pensar.

Antes de salir del centro hospitalario le invitaron a una convivencia católica. Y sin nada que perder acabó yendo. En ese retiro el Señor tocó con fuerza su corazón y tuvo una gran conversión y su vida cambió por completo. Dejó los malos hábitos y encaminó su vida profesional y personal, teniendo siempre a Cristo y a María como centro de su vida.

Ahora es padre de familia ejemplar con nueve hijos y evangelizador digital.

La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: “Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. “La justificación no es solo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del interior del  hombre” (Concilio de Trento: DS 1528).

La justificación libera al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana.

La justificación es, al mismo tiempo, acogida de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud del amor divino. Con la justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la voluntad divina.

La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el Bautismo, sacramento de la fe. Nos asemeja a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Concilio de Trento: DS 1529)