Un sacerdote destruye a un ateo en el plano intelectual. El ateo, al ver que no puede responder por falta de argumentos, trata de cambiar inútilmente el tema. Al final el sacerdote demuestra que por medio de la lógica y la física básica podemos concluir que Dios existe (o un mundo / condición que trasciende la materia), mientras que el pobre ateo reza para que se lo trague la tierra. Esto es importante, pues Dios en su infinita misericordia ha dotado a toda persona de las herramientas, presentes en el mundo natural, para concluir que necesariamente existe Dios.

Ser ateo es por lo tanto un absurdo, un insulto a la condición humana, y dichas personas no tienen excusa alguna (inclusive aquellos que se han críado en esos ambientes) para argumentar ante el Juez Eterno que no ha sido culpa de ellos el no creer. Su estupidez y necia ignorancia serán sus verdugos ese día, y han de tener toda la eternidad en el infierno para arrepentirse de ello. Bienaventurados los que creyeron… y ay de los que no. Oremos por ellos.