Por los años de 1350 vivía en el convento de Santo Domingo de esta ciudad de Mallorca (libro impreso en Palma en 1865) un novicio todavía niño, a quien se vistió el hábito lo mismo que a otros niños para reparar los vacíos que abriera en la comunidad una terrible pestilencia (la peste negra que asoló Europa). Con infantil candor aficionose a una imagen de la Virgen, y compadecido del tierno Jesús a quien nunca veía aplicar los labios al pecho de su Madre, guardaba para Él y le ofrecía a ocultas la mejor porción de su alimento.

Animábase la estatua para premiar la ardiente fe del novicio, y Jesús desasiéndose de los maternales brazos, más de una vez aceptó visiblemente aquella sencilla ofrenda. Un día le habló ofreciéndose a devolverle el convite y a llevarle a la mesa de su Padre. Reservose el niño pedir licencia a su maestro, que oyendo el caso y penetrando los designios del cielo, le respondió: di al Hijo de la Virgen, que los novicios no acostumbran a salir del convento sin la compañía de su maestro. –Di pues a tu maestro, replicó Jesús al novicio que le comunicó la respuesta, que se prepare para el próximo domingo, porque ambos seréis llamados a mi casa. Y aquel domingo murieron juntamente el maestro y el novicio, cándida azucena trasplantada al cielo antes de empañar su gracia bautismal.

JACULATORIA

¿Quis mihi tribuat, ut sim… sicut fui in diebus adolescentiae meae, quando Deus erat in tabernaculo meo? (Job 29, 4)

¿Quién me diera, oh Dios, volver a aquellos días de mi inocencia, cuando morabais silenciosamente en el tabernáculo de mi alma?

REGINA PATRIARCHARUM, ORA PRO NOBIS.

Reina de los patriarcas, ruega por nosotros.