La foto de un brujo “bendiciendo” a religiosa en Colombia está dando la vuelta al mundo y produciendo escándalo, sobretodo por la actitud reverencial de la persona consagrada que muestra un profundo respeto hacia el chamán y su ritual. El brujo se llama Isidoro Jajoy y pertenece a la la tribu Inga de Colombia. Al lado del “chamán” o brujo hay una religiosa y algún sacerdote y laico, todos en posición reverencial al recibir el ritual del brujo. Una cosa es tolerar las falsas creencias en determinados casos y otra dejarse seducir por sus tretas y participar en sus oscuras ceremonias, satanistas, algo totalmente contradictorio para un creyente que adora al Dios verdadero en la Iglesia Católica y más en una persona consagrada.

La Iglesia nos recuerda que todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de una intención de dañar a otro, recurran o no a la intervención de los demonios. Llevar amuletos es también reprensible. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él. El recurso a las medicinas llamadas tradicionales no legítima ni la invocación de las potencias malignas, ni la explotación de la credulidad del prójimo.

Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums” encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.