No importa tanto la fealdad del cuerpo como la del alma. La del cuerpo no tiene apenas remedio, pues la cirugía siempre no hace milagros. La fealdad del cuerpo se puede aceptar por amor a Dios, pues Él mira solo la belleza de nuestra alma. Y para que nuestra alma sea bella, tenemos que estar en gracia de Dios, sin conciencia de pecado mortal. Si no estamos en gracia la mejor manera de embellecerla es yendo al sacramento de la confesión o penitencia. Es importante confesarse bien con las debidas condiciones. Conozca las debidas condiciones.

No hay que demorar mucho la confesión si no se está en gracia de Dios. Aunque hay que confesarse con frecuencia, al menos mensual, a lo largo del año en Cuaresma es tiempo propicio para hacer una confesión general. Vea como cómo.

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Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como “la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia” (Concilio de Trento: DS 1542; cf Tertuliano, De paenitentia 4, 2).

A lo largo de los siglos, la forma concreta según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su Bautismo (por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo, durante largos años, antes de recibir la reconciliación. A este “orden de los penitentes” (que sólo concernía a ciertos pecados graves) sólo se era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, esta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días.

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Redacción de Hispanidad Católica