Muchos podrán pensar que es algo indiferente y que la prenda en sí no es ni buena ni mala, que todo depende de la intención. Craso error. Es un hecho objetivo y comprobado el impacto que producen en el hombre ciertas partes del cuerpo femenino. Y aún en el supuesto de que una chica no se pusiese esta prenda sin mala intención, simplemente porque le gusta, no puede controlar el impacto que puede causar.
Ciertamente es una prenda que no debe llevar una dama cristiana, que si precia como tal, debe vivir la santa pureza. Además es cierto que puede ser ocasión de pecado para muchas personas. Y mucho menos llevarla dentro de la Iglesia. Los sacerdotes deberían controlar que la gente entre bien vestida a los templos.
La Iglesia nos enseña que la pureza exige el pudor. Este es una parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa la negativa a mostrar lo que debe permanecer oculto. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos según la dignidad de las personas y de su unión.
El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa; exige que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y de la mujer entre sí. El pudor es modestia, inspira la elección del vestido. Mantiene el silencio o la reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.
Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes.

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