Que María Santísima alcance la salud del alma a sus devotos no es maravilla; pero que lo haga con quien no se acuerda siquiera de la Señora, esto muestra el amor de sus maternales entrañas. Testigo de esta verdad fue el jovencito Esquilio, el cual no había cumplido doce años y ya vivía malamente; pero Dios, que le quería para sí, permitió que cayese gravemente enfermo, tanto que estaba ya desahuciado y esperando la muerte por momentos, cuando quedando sin sentido, y creyendo los circunstantes que había expirado, fue conducido a una estancia llena de fuego, de la cual huyendo llegó a otra sala donde se hallaba la Reina del Cielo, con muchos santos que la hacían la corte.

Esquilio se arrojó a sus pies al punto, pero la Virgen con severidad le desechó, mandando que de nuevo fuese llevado al fuego; invocó el infeliz a, aquellos santos, a los cuales dijo la divina Señora que era un malvado, y que nunca la había rezado un Ave María. Intercedieron nuevamente diciendo que se enmendaría.

Entretanto, Esquilio lleno de temor prometía darse enteramente a la devoción, y servirla mientras viviese. Entonces la Virgen, habiéndole primero reprendido severamente, le exhortó a borrar con la penitencia las culpas pasadas y cumplirle su promesa, con lo que revocó la orden dada de que fuese arrojado a las llamas. En esto, volviendo en sí Esquilio, y habiendo curado de su enfermedad, se hizo religioso del Orden del Cister, dedicado particularmente a la Virgen; y después fue tanta su virtud que llegó a ser santo, y ahora celebra en el cielo las glorias de esta amorosa Madre.

OBSEQUIO

Venerar alguna imagen de María Santísima, y encomendarle fervorosamente la salvación del alma.

JACULATORIA

¡Sálvame, Señora, sálvame!