Hace unos días nos dejaba una persona de mucha fe, que nos dio un heroico testimonio de como afrontar la muerte, algo que a todos nos da miedo o respeto en mayor o menor medida. Y poco antes de morir compartía con sus amigos un desgarrador mensaje. Si me he decidido a compartirlo es porque considero que puede ser de gran ayuda espiritual. Nuestra patria es el Cielo y estamos demasiado aferrados a las realidades terrenas y remisos para partir. El testimonio dice así:

Queridos amigos y hermanos en la fe:

La enfermedad no ha evolucionado bien, y ayer el oncólogo me ha desahuciado.
Cuánto te agradezco toda su cercanía, oraciones y aliento, como ningún otro. Te pido que me encomiendes para que el Señor, me lleve en sus brazos al cielo. No se sabe cuánto durará este último trance de la enfermedad.

La iglesia nos recuerda que si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día”, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:

Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece “escondida […] con Cristo en Dios” (Col 3, 3) “Con él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos “manifestaremos con él llenos de gloria” (Col 3, 4).