En los deleites y vanidades del mundo, en los placeres sensuales, en las pompas y regalos de Alejandría, buscó María Egipcíaca durante diez y siete años la dicha y la hartura del corazón; y ni un momento de paz pudo encontrar siquiera. Arrastrada por el bullicio más bien que por devoción, marchó a romería a Jerusalén para asistir a la fiesta de la Exaltación de la Cruz; pero al entrar en la basílica la detuvo en el umbral por tres veces una fuerza irresistible.

Asaltóla un remordimiento: divisó en frente una estatua de la Virgen, a quien suplicó con fervor que le permitiese la entrada para adorar el sagrado leño; entró sin dificultad, y la vista de la Cruz concluyó la conversión principiada por la madre del Salvador.

La pecadora anegada en llanto, volvió a los pies de ésta y le dijo: yo os he prometido, purísima Virgen, una vida penitente, ya es tiempo que os cumpla mi promesa; ahora sed mi guía en el camino de salvación. Una voz pareció responderle: pasa el Jordán, y hallarás el reposo. Dirigióse allá María Egipcíaca, y caminó llorando todo el día, hasta llegar a una iglesia donde se fortaleció con el pan eucarístico.

Pasó el Jordán, y se internó en la soledad donde vivió 50 años, gozando de la paz tan apetecida que el mundo no pudo darle. Espantosas tentaciones arrostró: la Virgen estuvo a su lado protegiéndola y consolándola. Un santo ermitaño llamado Zósimo la descubrió al fin por permisión divina, y fue el único confidente de esta maravilla de la gracia; al año siguiente le trajo la sagrada Eucaristía, y al otro la encontró cadáver.

OBSEQUIO.

Tomemos a Dios por fin de nuestros actos y pensamientos, con especialidad durante este mes.

JACULATORIA.

Fecisti nos, Domine, ad te, et irrequietum est cor nostrum donec requiescat in te. San Agustín.

Para vos nos formasteis, oh Dios mío, y nuestro corazón se agita sin sosiego hasta descansar en vos.

VAS HONORÁBILE, ORA PRO NOBIS.

VASO DE HONOR, RUEGA POR NOSOTROS.