En general siempre que se pueda evitar no es nada aconsejable que un católico acuda a un psicólogo no católico, pues es muy probable que muchos de los consejos que nos den no sean buenos para el alma o más aún que sean muy perjudiciales. Hay un principio filosófico que afirma que no se puede dar lo que no se tiene y es probable que un psicólogo ateo nos pueda dar consejos errados, por muy buen médico que sea.

Todo problema psicológico que suele acarrear un trastorno más o menos grave en la mente (y que afecta al alma) es algo muy delicado y no debería ponerse en las manos de alguien, que insistimos por muy buen profesional que sea, no tiene una cosmovisión católica de la existencia y poco sabe de los males del alma, si incluso no cree en su existencia.

Es cierto que un profesional de la medicina puede llegar a donde no llega el sacerdote, por santo que sea y que muchas depresiones o trastornos requieran lo servicios de un psicólogo o psquiatra.

Puede darse el caso de que un buen profesional nos ayude en nuestra enfermedad, de con el remedio para salir de nuestra depresión, aunque siempre es un riesgo acudir a un psicólogo ateo o agnóstico. A una persona que estaba triste y hundida un psicólogo le dijo que la culpa de su depresión era tener reprimida su sexualidad y lo que tenía que hacer era apuntarse a páginas de contactos a tener experiencias sexuales.

Si la persona está bien formada no hará caso a este consejo tan disparatado, pero si la persona no tiene mucho conocimiento religioso o es débil de voluntad puede dejarse seducir por estos malos consejos.

La Iglesia nos recuerda que la enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.

La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él.

La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.