“Stigmata domini Jesu in corpore meo porto”

Corría el año de 1899. Curada milagrosamente de la grave enfermedad de que se habló en el capítulo cuarto de este libro, cuando tenía unos veinte años de edad, emprendió con ardor el nuevo camino que el Señor había dicho deseaba recorriese, camino de perfección más allá de lo ordinario, al que habían servido de preparación las virtudes practicadas y las abundantes gracias concedidas, camino que debía recorrer en pocos años. Llegó la Semana Santa, y ocioso es decir que la piadosa virgen, en tan memorables días, se ocupó con ahínco en meditar la pasión del Salvador. Para mejor disponerse y acompañarle en el Calvario durante la tarde del Viernes Santo, hizo en la del Jueves confesión general de todas sus culpas, acompañada de amargo llanto. Lo demás ella lo dice en la relación que por orden mía dejó escrita, relación algo prolija, pero que sin duda agradará al lector ver reproducida.

«Por primera vez hice la hora santa fuera de la cama, pues había prometido al Corazón de Jesús que, si me curaba, haría indefectiblemente la hora santa todos los jueves (y no la omitió una sola vez mientras vivió). Experimenté tal dolor de mis pecados, que tuve momentos de verdadera angustia. En medio de tanta pena tenía el consuelo de llorar, con lo que me aliviaba. Pasada la hora, que empleé en rezar y llorar, me senté. El dolor continuaba, pero al poco rato experimenté total recogimiento interior, seguido inmediatamente de tal pérdida de fuerzas, que con dificultad pude levantarme para echar la llave a la puerta de mi cuarto. ¿En dónde estaba yo? Pues en presencia de Jesús crucificado, que vertía sangre por todas partes, y ante su vista, no pude menos de bajar los ojos. Hice la señal de la cruz, y pronto la turbación fue sustituida por la tranquilidad de espíritu; pero el dolor de mis pecados era más intenso cada vez, y como me faltase el valor para mirar a Jesús en tal estado, me postré con la cara en tierra y en esta posición estuve varias horas. Volví en mí; las llagas de Jesús, de tal modo se grabaron en mi mente, que no se han vuelto a borrar de ella. Fue ésta (así termina su relato) la primera vez y el primer viernes en que Jesús se hizo oír de mi alma tan fuertemente. Aunque no había recibido a Jesús verdadero de mano del sacerdote, porque en aquella hora no era posible, Jesús vino voluntariamente por sí mismo, y se me comunicó. Esta unión fue tan íntima, que quedé como asombrada, y él me habló con mucha intensidad.» Tal fue la visita con que preparó el Señor a su sierva para la obra que le tenía destinada. Otra, bastante semejante, tuvo lugar un mes después. «Mira, hija—le decía Jesús,— y aprende cómo se ama (y le mostró abiertas sus cinco llagas). Mira esta cruz, las espinas, los clavos, los cardenales y estas llagas; todas son obra de amor y amor infinito. Mira hasta dónde llegó mi amor por ti.» Ante tal vista, experimentó la tierna virgen tan gran dolor, que no pudiéndolo sufrir el corazón, cayó desmayada y así permaneció durante algún tiempo, sumergida en un mar de dolor y amor.

Con todo, parece que la gracia no encontraba suficientemente purificada el alma de nuestra virgen para recibir el don inmenso que le tenía preparado, y comprendiendo Gema que era así, se dispuso con una tanda de ejercicios espirituales, que practicó en el monasterio de las monjas Salesianas de Luca, en donde entró el día 1.° de Mayo del referido año. Según me manifestó, le parecía haber entrado en el paraíso, y como si previese lo que le había de suceder dentro de un mes, se dedicó con toda su alma a las prácticas del retiro, dando orden para que no la visitasen sus parientes o conocidos, porque aquellos días eran todos para Jesús. Se confesó con igual dolor que la otra vez, y el 21 de dicho mes, salió del monasterio para volver a su casa. La prueba tocaba a su término, y la gracia había ejecutado su obra. ¡Gema, levanta tus ojos al cielo, déjate transformar en el divino esposo crucificado!

El día 8 de Junio, después de comulgar, dióle el Señor a entender que aquella misma tarde le haría la gracia señalada, noticia que comunicó en seguida a su confesor, a quien pidió nuevamente la absolución de sus pecados, retirándose después a su casa con el entendimiento ocupado en altos pensamientos y el corazón rebosando de alegría. Veamos lo que ocurrió; y tú, querido lector, recógele cuanto puedas, para mejor contemplarlo. «Al anochecer (jueves, vigilia de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús), de pronto, más aprisa que de costumbre, sentí un dolor tan intenso de mis pecados, como nunca lo había experimentado, y el cual, sin exagerar, me puso a las puertas de la muerte. Después de esto, noté que se reconcentraban las potencias todas de mi alma, que en el entendimiento no conocía otra cosa que las ofensas hechas a Dios, que la memoria me las recordaba todas y me hacía ver los tormentos que padeció Jesús por salvarme, que la voluntad me las hacía aborrecer prometiendo sufrirlo todo para expiarlas, y otra porción de pensamientos que en revuelto torbellino se agitaban en mi mente; pensamientos de amor, de temor, de esperanza, de dolor y de consuelo. Al recogimiento interior siguió la pérdida de los sentidos, y me encontré en presencia de la Madre celestial, que tenía a su derecha a mi Ángel custodio, el cual me ordenó rezar el acto de contrición, y hecho esto, mi Madre me dirigió las siguientes palabras: «Hija, en nombre de Jesús, tus pecados te son perdonados.»—Después agregó: —«Mi Hijo Jesús te ama mucho y quiere concederte una gracia; ¿sabrás hacerte digna de ella?» No sabía qué responder; pero ella me animó diciendo: «Seré tu Madre; ¿te portarás tú como buena hija?» Dicho esto, abrió su manto y me cubrió con él. En el mismo instante se apareció Jesús con las llagas abiertas, pero en vez de manar sangre, salían de ellas llamas de fuego, las cuales, tocando a mis manos, pies y costado, me causaron tan mortal dolor, que, si mi Mamá no me hubiese sostenido, habría rodado por el suelo. Permanecí varias horas en aquella posición, cubierta con el manto de mi Madre Santísima, la cual me besó en la frente, desapareciendo después todo. Al volver en mí, me encontré que estaba en el suelo arrodillada, que las manos, los pies y el corazón me dolían mucho, y al levantarme del suelo para acostarme, observé que de las partes doloridas salía sangre. Cubrí lo mejor que pude aquellas partes y, ayudada por mi angelito, subí a la cama. A la mañana siguiente, con bastante trabajo, fui a comulgar. Con un par de guantes oculté las manos; pero los pies me dolían tanto, que no podía caminar, pues a cada paso que daba, creía morir. Los dolores continuaron hasta las tres de la tarde del viernes, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.»

¡Alma bendita! ¿No estás satisfecha de tomar asiento al pie de la Cruz del Salvador, adornada con esas divinas joyas, en compañía de la Virgen dolorosa, de Francisco de Asís, de Catalina de Sena y de Verónica Giuliani? De hoy en adelante podrás, como ellos, decir: Nadie me molesta, llevo en mi cuerpo las llagas de Jesucristo. Stigmata domini Jesu in corpore meo porto.

Seguramente querrá el lector que yo le explique de qué naturaleza eran las llagas de la sierva de Dios, cómo se formaban y de qué modo se manifestaron con posterioridad. Apurado me vería para contestar indudablemente, si este fenómeno fuese único en la hagiografía cristiana; pero, aunque muy raro, no es nuevo, pues en el siglo XII pudo observarse en la persona de Francisco de Asís, y en el XIX en la virgen belga Luisa Lateau. En esta última particularmente, el prodigio fue observado por millares de personas, y estudiado científicamente por médicos eminentes, católicos y racionalistas, y, desde el punto de vista teológico, por doctores insignes en ciencia y piedad, habiéndose escrito y dado a la publicidad sobre el asunto varios volúmenes. Comparando aquellos hechos con el que nos ocupa, es fácil abrirse paso y comprender el que en este siglo se manifestó en la virgen de Luca.

Principió el fenómeno de la manera que se ha visto, y como nadie más que la virgen favorecida lo presenciase, a su relato me atengo, sin añadir ni quitar nada. Desde aquel día en adelante, se repetía periódicamente todas las semanas, desde la noche del jueves, poco más o menos a las ocho, hasta las tres de la tarde del viernes. Sin preparación de ninguna especie, y sin que lo anunciase el más pequeño dolor, excepción hecha del recogimiento precursor del éxtasis, de repente se presentaba en el dorso y en la palma de ambas manos una mancha rubicunda, y por debajo de la epidermis, que es la membrana sutil y transparente que recubre exteriormente la piel, una rasgadura en la carne viva, esto es, en la dermis, de forma oblonga la del dorso, e irregularmente redonda la de la palma. Al propio tiempo, rasgábase la epidermis, y se ponían al desnudo las heridas de aquellas inocentes manos, con todos los caracteres de llaga viva, teniendo como un centímetro de diámetro la de la palma, y unos veinte milímetros de largo por dos de ancho la del dorso.

La herida, algunas veces, era superficial, casi imperceptible a simple vista, pero de ordinario profunda, y parecía unirse con la de la cara opuesta, atravesando la mano por completo. Y digo que parecía, porque de las heridas salía sangre, en parte líquida y en parte coagulada, y al cesar ésta de salir, la herida se contraía y no era fácil explorarla sin el auxilio de la sonda, instrumento que no me atreví a usar por el temor reverencial que me inspiraba la extática en aquellas condiciones, porque el dolor le hacía retraer convulsivamente las manos, y además, porque la herida de la palma estaba cubierta por una protuberancia dura, carnosa, en forma de cabeza de clavo, sin adherencias, y del diámetro de una moneda de cinco céntimos. En los pies, además de ser mayor la rasgadura y de color lívido sus labios, la diferencia de tamaño era en sentido inverso, pues su mayor diámetro correspondía al dorso y el menor a la planta, con la particularidad de que la del dorso del pie derecho era tan grande como la de la planta del pie izquierdo, como seguramente serían las del Salvador, toda vez que con un solo clavo fueron sujetados a la cruz sus santísimos pies, el derecho sobrepuesto al izquierdo.

Acabo de decir que las rasgaduras se formaban en poco tiempo, en cinco o seis minutos, principiando interiormente por debajo de la epidermis y terminando con la abertura de ésta; sin embargo, en ocasiones no sucedía así, pues el golpe era instantáneo, y como en las heridas violentas, partía de lo exterior. Cuando la herida aparecía de improviso, daba lástima ver su angustiado rostro, el temblor y las sacudidas de todo su cuerpo. Hablemos ya de la llaga del costado. Esta herida por pocas personas y escasas veces fue examinada, pues le parecía mal a la buena familia aproximarse al virginal cuerpo con el solo fin de satisfacer su devota curiosidad, como me lo pareció a mí; y por este motivo no tengo el consuelo de poder reseñarla. A juzgar por el intenso dolor que sentía Gema en esta herida, no sólo superficialmente, sino en el corazón, es de creer que llegaba hasta esta misma víscera. Por otra parte, si el fin que Dios se propone al obrar semejantes prodigios, es el de reproducir en alguno de sus siervos la realidad de lo que su Hijo Jesús sufrió en la cruz por nosotros, no es de creer que la reproducción sea incompleta. He leído en la vida de la sierva de Dios Juana de la Cruz que en la autopsia de su cadáver, los cirujanos, siguiendo el curso de la misteriosa herida que tenía en el costado, vieron que, después de atravesar los pulmones, llegaba en realidad hasta el corazón. También se hizo la autopsia al de Gema, a los trece días de muerta; pero el prodigio de las llagas había cesado dos años antes. De no haber sucedido esto, ¡quién sabe si tendríamos un segundo y evidente ejemplar, que sólo como probable lo presento yo!

La abertura del costado de Gema tenía la forma de media luna en sentido horizontal, con las puntas hacia arriba. De seis centímetros de longitud y tres milímetros de ancho en su parte media, formaba con sus dos caras un ángulo que tenía su vértice a un centímetro de profundidad. También esta herida se producía de dos modos, instantáneo el uno y desde lo exterior, como si se produjese por efecto de la lanza; interior el otro, abriéndose lentamente en la dermis pequeños y rubicundos orificios, que primeramente se veían debajo de la epidermis, hasta que, aumentando en número, terminaban por rasgar la piel entera para formar la enorme llaga ya descrita. No ha dejado de llamarme la atención la forma de media luna que tenía esta herida, no observada en los demás estigmatizados que conozco, si se exceptúa la Ven. Diomira Allegri, florentina del siglo XVI, la cual, según aparece de su vida, que por casualidad leí, tenía una herida de igual forma, como consta de la relación jurada prestada por los peritos médicos y algunos otros testimonios oculares en el proceso de beatificación. No siendo razonable creer que una forma tan exacta en dos casos distintos, con un intervalo de tres siglos, sea puramente casual, es de suponer que la lanza con que se abrió el costado de nuestro Salvador tenía una forma tal que, hiriendo con ella en dirección oblicua, producía una herida en forma de arco.

La sangre que salía de esta herida era en tal abundancia, que empapaba las ropas interiores, hasta el extremo de que la humilde virgen, para ocultarla, tenía que valerse de lienzos doblados, los cuales escondía una vez mojados, para más tarde lavarlos, sin que nadie se enterase. Brotaba la sangre, no continuamente, sino a intervalos más o menos largos, coagulándose sobre la llaga, y permitiendo que ésta se secase de tal modo que, si en este estado se lavaba, quedaba sólo la carne viva, como sucede con las heridas en vías de curación. Pero el caso que no se trataba de un fenómeno natural, por lo que resultaba que, al encenderse nuevamente el misterioso fuego de la llaga, ésta se inflamaba también y volvía a salir sangre en abundancia. Dadas estas condiciones, se comprende que no fuese posible calcular la cantidad de sangre perdida por esta víctima en las veinticuatro horas que duraba el fenómeno (para hablar sólo de su período ordinario de cada semana, del jueves al viernes; al paso que en los extraordinarios, que, sin embargo, eran bastante frecuentes, la herida se cerraba tan luego como cesaba el misterioso impulso que la había abierto). Puede sólo asegurarse que era mucha, según observaron las personas que asistían a Gema. Una de ellas manifestó bajo juramento ser tal su abundancia, que, si no encontraba obstáculos, corría hasta el suelo. Lo mismo se aseguró con referencia a las demás llagas. Era, pues, lo que salía de las heridas verdadera sangre, de hermoso color, en un todo igual a la que sale de las heridas recientes; y como ella se coagulaba sobre la piel, los paños y el pavimento.

No era menos admirable el modo como las llagas se borraban. Una vez terminado el éxtasis del viernes, cesaba de salir sangre, tanto del costado, como de las manos y pies; la carne viva se secaba poco a poco, los tejidos lacerados se unían y cicatrizaban, y al día siguiente, o a más tardar el domingo, no quedaba el menor vestigio de aquellas profundas rasgaduras en el centro, ni en la periferia; la piel las cubría como en las partes sanas, sólo variaba el color, por quedar en el punto correspondiente una mancha blanquecina, indicio de que el día anterior había llagas en aquel sitio, las cuales se reproducirían a los cinco días, para proceder de igual modo. Trascurridos dos años desde que el fenómeno dejó de producirse, murió Gema, y sobre el cadáver pudo comprobarse que persistían las manchas, cosa que no había sido fácil observar en vida, sobre todo en los pies, por la dificultad de desnudarlos durante los éxtasis.

Hasta que, sin duda por disposición divina, fue prohibido por los directores de Gema, el fenómeno de la aparición de las llagas se realizó de una manera regular y constante todas las semanas, en los días jueves y viernes, sin que se manifestasen en ningún otro por memorable que fuese, ni aun en el caso de que los éxtasis se repitiesen en forma extraordinaria. Hubo, sin embargo, una excepción, que referiré copiando las palabras de un digno prelado, que la presenció, el Padre Pedro Pablo Moreschini, pasionista, hoy arzobispo de Camerino: «Habiendo oído referir cosas extraordinarias de esta joven, sospeché que fuesen ilusiones mujeriles, y quise personalmente cerciorarme de ellas. Al efecto, un martes, dirigíme a la casa donde residía, y al ver a la joven, sentíme inspirado a pedir al Señor que me concediese una señal evidente de que él era el autor de aquella maravilla. Interiormente, y sin decir palabra a nadie, me fijé en el sudor de sangre y en la aparición de las llagas. Por la tarde se retiró la joven para hacer a solas sus acostumbradas oraciones ante la imagen del Crucificado. Al cabo de pocos minutos, estaba en pleno éxtasis, por lo que entró en la habitación y con mis propios ojos la vi transformada; parecía un ángel, pero sumergida en inmenso dolor. De cara, cabeza y manos, manaba sangre; supongo que sucedía lo mismo en el resto del cuerpo. El sudor duró media hora, sin que las gotas cayesen al suelo, porque al desparramarse, se secaban en seguida. Me retiré conmovido; y al volver Gema del éxtasis y encontrarse sola con la tía, dijo: «El Padre pidió a Jesús dos señales, y Jesús me dijo a mí que ya le dio una, y que también le dará la otra. ¿Qué pruebas son las que quiere? ¿Podría decírmelo?» Llegada la noche, preguntó compungida aquella señora: «Padre, la otra prueba que V. ha pedido ¿son acaso las llagas?» Quedé atónito y ella prosiguió: «Le hablo así, porque si es eso, Gema las tiene abiertas; venga y las verá.»

Fui y encontré a la bendita criatura en éxtasis como la primera vez, con las manos traspasadas de parte a parte por una llaga bastante grande en la carne viva, de donde salía sangre en abundancia. El conmovedor espectáculo duró unos cinco minutos (hace de ellas una minuciosa y concienzuda descripción que coincide exactamente con la mía), y al cesar el éxtasis, desaparecieron la sangre y las heridas. La piel, antes rasgada, recuperó instantáneamente su estado normal, hasta el punto de que, para darlo todo por terminado, sólo hubo necesidad de mandar que se lavase las manos. El Señor me había escuchado, y yo, al par que le daba gracias por tan señalado favor, depuse toda duda, creyendo, sin vacilación, que digitus Dei est hic, aquello era obra exclusiva de Dios.»

Del sudor de sangre algo tengo dicho al hablar del amor que a Dios tenía esta virgen querida y del horror que experimentaba por las ofensas que se le hacen, sobre todo con la maldita blasfemia. Ya que se me ofrece ocasión, diré aquí, que tan prodigioso fenómeno tenía lugar con bastante frecuencia al meditar la agonía del Señor en el Huerto; pero no en los periódicos éxtasis del jueves al viernes, sino en otros, y también sin tener éxtasis. La sangre exprimida del corazón en fuerza del dolor, salía por todos los poros de su cuerpo, particularmente de la parte izquierda del pecho, que cubre el corazón. Gema se encontraba entonces bañada en sangre. Los ángeles habrán recogido sin duda aquella sangre para presentarla a Dios y aplacar su ira, por los méritos de aquella víctima que, a semejanza del divino Redentor, la vertía generosamente de sus venas.