Blasfemar no sale gratis nunca, ni en esta vida ni en la eternidad. Es de todos conocido como el famoso barco Titanic se resquebrajó precisamente por el lugar en donde estaba escrito que al barco no lo podría hundir ni el mismo Dios.

Uno de los casos más conocidos de las historias bélicas fue el de una persona que no paraba de blasfemar contra la santa religión y de hacer burlas contra la cruz de Cristo, tomando el nombre de Dios en vano y haciendo de guasa la señal de la cruz.

De Dios nadie se ríe y ese hombre volvió del frente de batalla sin un brazo. También en la Guerra Civil española hubo casos similares de personas que blasfemaron y tuvieron un final terrible. A veces Dios muestra su santa ira, ya en esta tierra por sus sapientísimos designios.

Sin embargo muchos devotos del Escapulario, de la Medalla Milagrosa o del Detente lograron salvar la vida milagrosamente. No es la misma la muerte de un mártir que muere perdonando que la de alguien que muere con odio y renegando de Dios. Pensemos en la escena del Buen Ladrón, que roba el corazón con una frase y es de los primero en entrar con él en el Paraíso.

En contraste el mal ladrón siguió renegando de Cristo y tuvo un final muy desgraciado, pues nada aliviaba su sufrimiento. En la Pasión de Mel Gibson se acentua más esta desesperación en la terrorífica escena que el cuervo le ataca sin piedad en los ojos, según las visiones de Ana Catalina Emmerich.