Acaba de aparecer el impactante testimonio de Serena Dyksen, que fue violada a los 13 años y abortó en la hoy famosa clínica de Ulrich “George” Klopfer, en Indiana, donde se encontraron más de 2.200 fetos abortados almacenados. Serena cuenta en la web SalvarEl1 su terror cuando abortó con el doctor Klopfer.

Es muy importante en el tema de la lucha contra el aborto que haya personas valientes dispuestas a denunciar estos hechos para desenmascarar esta barbarie. Muchas de estas personas han perdido su trabajo y han sufrido una gran persecución.

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La Iglesia nos recuerda que la vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida (cf Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 1, 1).

Y va mucho más allá. La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae” (CIC can. 1398), es decir, “de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC can. 1314), en las condiciones previstas por el Derecho (cf CIC can. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad.