En un grupo familiar de esos de watsap uno de sus miembros nos comunica la triste noticia de la muerte de una pariente no muy cercana, señora casi nonagenaria, enferma de cáncer. «¡Maldito cáncer!», exclama una prima mía. «Bueno ‒replico yo tras expresar mis condolencias‒, después de todo no la ha matado el cáncer sino la enfermEDAD que no perdona». «La edad sin enfermedad no mata», interviene de nuevo mi prima. Más que el cáncer, yo lo que maldigo es esta ceguera absurda de no querer aceptar algo tan impepinable como que de este mundo nadie sale vivo; ceguera que revela toda una errática “filosofía de vida” que rehúye la cuestión más crucial: la muerte y lo que viene después de la muerte.

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A causa del fuerte aguacero que cayó en esta isla, ayer sufrí un accidente de moto, gracias a Dios sin mayores consecuencias. La moto patinó y me salí en una curva, cayéndome del otro lado de la calzada con la fortuna de que no venía ningún coche de frente. Accidentes así nos recuerdan algo que olvidamos muy fácilmente: que nuestras vidas penden de un hilo.

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No me preocupa el fin de los tiempos, del que “nadie más que Dios sabe el día ni la hora”; me preocupa el fin de mi tiempo y el fin del tiempo de las personas que más quiero.

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¿Qué es lo que más tranquiliza a nuestra alma en la hora de nuestra muerte? ¿La virtud de la obediencia? No. ¿La virtud de la pureza? Tampoco. Lo que más tranquiliza a nuestra alma en la hora de nuestra muerte es la devoción a la Virgen María. Así se lo reveló Santo Domingo Savio a San Juan Bosco en un sueño de éste.

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Desde que nacemos, más aún, desde que somos concebidos, ya estamos en la eternidad, ya somos para siempre. Sólo hay dos variables: el tiempo que vamos a pasar en este mundo y el destino que nos espera tras abandonarlo. Lo primero, salvo que nos suicidemos, no depende de nuestra voluntad; lo segundo, sí. Quien va al Infierno es porque quiere, porque así lo elige rechazando la voluntad de Dios, que es siempre y para cada uno de nosotros acogernos en el Cielo. Recordemos las palabras de Cristo: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, ya os lo hubiera dicho».

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No dejan de asombrarme ‒y también, lo confieso, me irritan‒ las personas que “filosofan” sobre la vida como si todo se acabase en este mundo. No me refiero a personas ateas, aunque también, sino a aquellas que no declarándose ateas, o incluso diciéndose creyentes, sueltan frasecitas propias de manuales de autoayuda tales como “hay que disfrutar de esta vida porque es la única que tenemos” o “estoy en la mejor edad”. A estas personas debemos recordarles, aunque entonces sean ellas las que se irritan, que más que “disfrutar de la vida” hay que vivirla bien, esto es, vivirla de tal modo que al morir vayamos al Cielo; y en cuanto a lo de “la mejor edad”, decirles que ninguna lo es si estamos en pecado mortal y que todas lo son si estamos en orden con Dios. Sea cual sea nuestra edad, diez, veinte, cincuenta o noventa años, para cualquiera de nosotros hoy podría ser nuestro último día en este mundo, y la única filosofía de vida sensata es la que queda perfectamente resumida en esta coplilla de San Francisco Javier, que no creo que se cite en ningún manual de autoayuda: «La ciencia más acabada/ es que el hombre en gracia acabe,/ pues al fin de la jornada/ aquél que se salva, sabe,/ y el que no, no sabe nada».

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Más miedo tendría que darnos a los creyentes estar en pecado mortal que el que pueda darle a un ateo hacer equilibrios en la cuerda floja a mil pies de altura.

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Muchas personas rehúyen hablar de la muerte, no sea que por hablar de ella vayan a dejar de ser inmortales.

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Boda y mortaja, dice el refrán, del cielo bajan. O sea, que tanto el matrimonio como la muerte nos llegan cuando Dios quiere. Con la diferencia de que la boda puede llegar o no llegar y la muerte llegará de todas todas. Por eso a la muerte se la llama “la novia fiel”.

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Cualquiera puede morir en cualquier momento y de cualquier manera. Esta verdad, que se nos hace brutal y terriblemente patente cuando alguien muere de forma inesperada, en particular si se trata de una persona joven y tanto más cuanto más conocida o cercana a nosotros sea esa persona, esta verdad, digo, deberíamos tenerla siempre presente, no para amargarnos la vida sino para vivirla como Dios manda, esto es, estando preparados para ir al Cielo en cualquier momento, o sea estando en gracia de Dios. Sin embargo, mucha gente no quiere recordar ni que nadie le recuerde la verdad, y cuando no le queda más remedio que afrontarla, en vez de sacar en conclusión lo que acabo de decir, que es lo único sensato, se reafirma en posturas inmanentistas absurdas como que “sólo se vive una vez” y que por tanto hay que vivir la vida como si todo se acabase en este mundo. Si ya es de por sí triste y dolorosa la muerte de un allegado, más aún lo es que su muerte no sirva para hacernos reflexionar correctamente sobre el sentido de nuestras vidas.

Andrés García-Carro