San Andrés de Chío fue uno de los santos más favorecidos de la Santísima Virgen. A los veintinueve años fue atacado de una fiebre violenta que lo puso a los bordes del sepulcro. Prometió consagrar su virginidad a María, y al momento recobró la salud. Vestido de blanco, renovó públicamente el voto que había hecho en secreto: quería que nadie ignorase que pertenecía a María, y que se le había consagrado como esclavo. Pronto debía quedar ensangrentado aquel vestido blanco.

Se dirigió a Constantinopla en un tiempo en que se perseguía con horror a los cristianos. Fue encarcelado, se le hicieron las más halagüeñas promesas, se le amenazó con los tormentos más horrorosos, pero de nada sirvieron ni las promesas ni las amenazas. Cruelmente martirizado, no pronunciaba sino estas palabras: “!Oh, María, Virgen Inmaculada, ayúdame!” No fue sorda María a la oración de su siervo, y cada día curaba sus heridas infundiéndole nuevo valor para el combate del día siguiente, hasta que consiguió la palma del martirio, y voló al cielo a alabar eternamente a la Madre de sus amores.

Oración

Virgen Purísima, Madre Inmaculada; sois la causa de nuestra alegría. De Vos dijo el Espíritu Santo que os habíais de gloriar en medio de vuestro pueblo, que habíais de ser ensalmada y admirada en la plenitud de los Santos. Sois el más sublime prodigio de la naturaleza, sois el astro de la mañana que anuncia la proximidad del Sol, del Sol de justicia que ha llenado de luz y consuelo a toda la naturaleza; haced que os alabemos siempre, para que pueda decirse que seguís gloriándoos en medio de vuestro pueblo. Amén.

Por el RVDO. P. DIONISIO FIERRO GASCA ESCOLAPIO. 

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