Dominica del Paraíso, monja del orden de Santo Domingo, entretejió un sábado dos coronas de flores, y las presentó a Jesús y María en sus imágenes, suplicándoles humildemente que se dignasen olerlas; pero viendo que no alcanzaba esta gracia y creyendo que consistía en no haber dado aún cierta limosna que acostumbraba, se asomó a un balcón para llamar a un pobre y dársela. La primera que vio fue una mujer con un niño de la mano, que aunque en traje pobre mostraba en el aspecto mucha gravedad y nobleza: al instante levantó el niño las manos pidiéndole limosna, y la madre hizo lo mismo. Observó la doncella que el niño tenía llagas en las manos, y dijo movida de compasión.

Esperadme un poco. Baja con la limosna, y antes de llegar a la puerta, que estaba cerrada, se encuentra dentro a los pobres, y admirada les pregunta: ¿quién ha abierto la puerta? ¡Ay de mí si mi madre lo ve! Calla, hija, respondió la mujer, que nadie nos ha visto. ¿Cómo puede andar vuestro hijo, dijo Dominica, con esas llagas que lleva en los pies? El amor se las hizo, contestó la Señora. La modestia del niño era singularísima, y tenía como absorta a Dominica, quien le preguntó: ¿No te duelen las heridas? y él dijo sonriéndose: ¿Qué? y al mismo tiempo se puso a mirar atentamente las flores de que estaban coronadas las dos imágenes, y a pedirlas a su madre. Esta las alcanzó y se las dio. ¿Quién te mueve, hija, dijo hablando otra vez con la doncella, a coronar de flores estas imágenes?

-El amor que tengo a Jesús y a su bendita Madre.

-¿Cuánto los amas?

Todo cuanto puedo.

-¿Cuánto puedes?

Cuanto ellos me ayudan.

-Pues sigue amándolos así, que Dios te dará el premio. No se saciaba Dominica de mirar ya al uno ya al otro.

-¿Qué miras? le preguntó la mujer.

-A vuestro hijo, contestó la joven; y acercándose algo más, percibió un olor suavísimo que salía de las llagas. Entonces dijo ella: Señora, ¿con qué bálsamo le curáis las llagas, que tiene tal fragancia? Con el de la caridad.

-¿Y dónde se vende?

-Se encuentra con la fe, la piedad y buenas obras. Al llegar aquí, tomó Dominica un lienzo para limpiar otra llaga que el niño tenía en el pecho; la cual exhalaba mayor fragancia; pero su madre no lo consintió, y él se retiró un poco. Ven, niño, ven, dijo la doncella, te daré pan. Su alimento, dijo su madre, es el amor: si tú quieres contentarle, ámale mucho. Al oír estas palabras comenzó el niño a mostrar alegría, y hablar con Dominica. ¿Amas mucho a Jesús?

-Le amo tanto, que ni de día ni de noche pienso en otra cosa más que en él, ni deseo más que hacer lo que le agrade.

-El amor te enseñará cómo le has de agradar, dijo el niño. A todo esto iba creciendo el olor exquisito de las heridas, en términos que recreada Dominica exclamó: Si las llagas de un niño tienen un olor tan fragante, ¿cuál será el de la gloria? No te admires, dijo la mujer, que donde Dios está, allí está el origen y fuente de los olores más suaves y aromáticos: y al acabar estas palabras se mudó la escena repentinamente; el rostro del Niño resplandeció como el sol, y la Madre apareció también vestida de una luz clarísima: toma Jesús las flores de la falda de su Madre, y esparciéndolas sobre Dominica le dice: recibe estas flores como prenda de las que te daré después eternamente. Dicho esto desaparecieron, llevándose consigo todo el corazón de la dichosa doncella.

OBSEQUIO

Practicar alguna devoción en honra de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

JACULATORIA

Oh Madre amorosa mía,

Inflamad de noche y día

Todo el fuego de mi amor

A mi dulce Salvador.