60. Esta petición, que hizo nuestro Redentor en el cielo, acompañó su Madre santísima desde la tierra en la forma que a la piadosa Madre de los fieles convenía. Y estando con profunda humildad postrada en tierra en forma de cruz, conoció como en el consistorio de la beatísima Trinidad se admitía la petición del Salvador del mundo, y que para despacharla y ejecutarla (a nuestro modo de entender) las dos personas del Padre y del Hijo, como principio de quien procede el Espíritu Santo, ordenaban la misión activa de la tercera Persona, porque a las dos se les atribuye el enviar la que procede de entrambos ; y la tercera persona del Espíritu Santo aceptaba la misión pasiva y admitía venir al mundo. Y aunque todas estas Personas divinas y sus operaciones son de una misma voluntad infinita y eterna sin desigualdad alguna; pero las mismas potencias que en todas Personas son indivisas y iguales, tienen unas operaciones ad intra en una Persona, que no las tienen en otra; y así el entendimiento en el Padre engendra, y no en el Hijo, porque es engendrado; y la voluntad en el Padre y en el Hijo espira, y no en el Espíritu Santo, que es espirado. Por esta razón al Padre y al Hijo se les atribuye enviar, como principio activo, al Espíritu Santo ad extra; y a él se le atribuye el ser enviado como pasivamente.

61. Precediendo las peticiones dichas, el día de Pentecostés por la mañana la prudentísima Reina previno a los Apóstoles, a los demás discípulos y mujeres santas (que todas eran ciento y veinte personas) para que orasen y esperasen con mayor fervor; porque muy presto serían visitados de las alturas con el divino Espíritu. Y estando así orando todos juntos con la celestial Señora, a la hora de tercia se oyó en el aire un gran sonido de un espantoso tronido, y un viento o espíritu vehemente con grande resplandor, como de relámpago y de fuego; y todo se encaminó a la casa del cenáculo, llenándola de luz y derramándose aquel divino fuego sobre toda aquella santa congregación. Aparecieron sobre la cabeza de cada uno de los ciento y veinte unas lenguas del mismo fuego en que venía el Espíritu Santo, llenándolos a todos y a cada uno de divinas influencias y dones soberanos, causando a un mismo tiempo muy diferentes y contrarios efectos en el cenáculo y en todo Jerusalén, según la diversidad de sujetos.

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