Siempre es bueno imitar a los santos. El ejemplo es además de admirable, imitable.

Una de las almas más favorecidas de san Luis fue en el siglo pasado la Sierva de Dios Arsilia Altissimi, natural de Tívoli; en quien obró tantas maravillas nuestro Santo, que para recopilarlas todas, sería menester un libro entero; cumpliéndose en ella, lo que le manifestó Dios en una visión, que tuvo del mismo Santo; el cual se le dejó ver muy resplandeciente en el cielo, que ofrecía a Dios las súplicas de sus devotos; y oyó, que admitiéndolas Dios con un rostro muy apacible le repetía estas palabras: Pide, y otorga. Uno pues de los principales favores, que esta Sierva de Dios alcanzó, fue un don de maravillosa compunción. Estaba un día para comulgar en el altar de san Luis; y acordándose de las copiosas lágrimas, que derramaba el Santo siempre que comulgaba, le rogó fervorosa, que la hiciese participante de aquella su contrición, con que recibía al Señor sacramentado. Oyola el Santo, y luego se halló sorprendida de un tal horror de sus culpas, que le parecía partírsele el corazón de dolor y no pudiendo detener la avenida de las lágrimas, con la voz casi anudada a la garganta, dijo: Basta, Santo mío, basta. Pero respondiéndosele, que no bastaba, creció de tal suerte aquel dolor, que le quitó las fuerzas, y le sobrevino un grande desmayo. Mas apareciéndosele san Luis, ungió con el aceite de la lámpara la frente de esta Sierva de Dios, con que se rehízo, y volvió en sí.

Durole este don de lágrimas por tanto tiempo, y con tanto exceso, que pensó perder la vista; mas vino visiblemente san Luis a consolarla, y a quitarle cierta tentación que padecía de desconfianza. Otra vez vino a confortarla para que ni desmayase, ni dejase de ejercitarse en la compunción. Hallándose Arsilia molestada de unos muy acerbos dolores, le hizo ver las penas, que se padecen en el purgatorio, y en el infierno; y le dijo: Mira cuanto padecen estos por sus culpas, y cuan poco es lo que tú sufres por las tuyas. De lo que confusa Arsilia, solo anhelaba de allí adelante padecer más y más para satisfacer por sus pecados. Obtuvo también de su santo, protector para otros esta santa compunción: entre los cuales un infeliz, que por espacio de treinta y tres años se había revolcado en el infame cieno de abominables vicios, logró a ruegos de Arsilia, que el Santo le mostrase a él, y a su cómplice en las mismas culpas, un río asqueroso, de cuyas corrientes eran arrebatados los pecadores, los cuales finalmente se anegaban con gran complacencia de los demonios, que bailaban alrededor. Y espantados con esta visión los miserables, rompieron la larga cadena de sus pecados; y emprendiendo un tenor de vida penitente y cristiana, colgaron en agradecimiento en el altar de san Luis en un retablo pintada esta visión, para ellos tan saludable. Vit. S. Aloy. edit. Mantuae 1727. Bollan, tom. 4. Jun Pag. 1059.

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