Pensamos en Dios, y Él nos ilumina; amamos, y Él nos inflama; obramos y Él nos inspira; luchamos, y Él nos saca vencedores; caemos, y Él nos levanta; y sus propios dones nos son contados por merecimientos. En cada riesgo es auxilio, en cada pena consuelo, en cada deseo hartura, en cada momento providencia y vida: y este galardón, que tan caro nos ha comprado y que tan generoso nos concede, quiere sin embargo que lo ganemos en honroso combate y prueba, haciendo uso de nuestra libertad no violentada aún con tantos beneficios. Esta es, hombre, tu dignidad: este es el fin de tu existencia, el deber de tu gratitud, la tendencia de tu ser entero; ser perfecto como tu Padre que está en los cielos. Somos polvo, es verdad, pero Dios ha infundido en él su soplo; somos pecadores, pero Dios nos ha redimido del pecado; somos miserables, pero destinados a felicidad eterna. Dios nació de María; pero nació por nosotros, y por nosotros expiró en una cruz.

¿Cuál ha sido nuestra correspondencia a fin tan alto, a gracias tan infinitas? ¿Qué hemos hecho de la imagen divina marcada en nuestra alma, del sello de redención impreso en nuestra frente, de la herencia inmortal a que fuimos llamados? De la libertad hemos abusado para someternos a torpe servidumbre, de la dignidad para sumirnos más hondamente en la miseria, de los dones, de las potencias y de la vida para volverlas contra el mismo dador y bienhechor.

Los astros giran ordenados por la órbita que les trazó el dedo omnipotente, el sol alumbra, la tierra florece; tiende hacia arriba la centella, los ríos al mar, la piedra a su centro; todo llega a su sazón, todo cumple su destino: el hombre solo, rey de la creación, desobedece a su criador. Cada una de sus facultades, en vez de tender a su eterno objeto y complemento, se extravía y desparrama en cien ídolos a los cuales en vano pide saciedad y ventura; y los tesoros de su alma y de su corazón se prodigan indignamente a errores, miserias, vanidades, locuras, a todas las cosas en suma, excepto, al autor de todas.

Hombre, ¿has hallado acaso un fin más sublime que el que Dios te señaló?, ¿has hallado un objeto más digno de tu inteligencia y de tus anhelos?, ¿te has inventado títulos más altos que los de tu origen?, ¿te has formado una dicha más segura, un reino más duradero que el que te está prometido? Los honores, las riquezas, el amor ciego de ti mismo, la tiranía de los sentidos, ¿han llenado tus ansias y apagado tu sed? ¡Ah! tu gimes vacío y anhelante, y en este gemido está el secreto de tu fin y el germen de tu arrepentimiento. Tú no has nacido para todo esto que te rodea. Noble desterrado, tu patria está en el cielo. Hijo de aflicción, lánguido viajero, trabajado combatiente, tu consuelo, tu descanso, tu corona está en DIOS.

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Redacción de Hispanidad Católica