“Sabe, hija, que la devoción de mi querida Madre le ha cerrado las puertas del infierno, porque aunque él nunca la amó de veras tenía devoción a sus dolores, y siempre que los consideraba, o solo de oír su nombre mostraba compasión; por esto ha encontrado un atajo para salvarse.”

En tiempo de santa Brígida hubo un hombre noble y rico, pero entregado enteramente a la disolución y demás vicios. (Auriem. t. 1, pág. 182.) Le dio la última enfermedad, y sin embargo en todo pensaba menos que en disponerse para la muerte. Súpolo santa Brígida, y al instante se puso a pedir eficazmente al Señor que ablandase el pecho de aquel pecador obstinado, y le convirtiese; y tantas veces y con tal instancia llamó a las puertas de la divina misericordia, que al fin le habló su Majestad, diciéndole que fuese un sacerdote a exhortar al enfermo a penitencia. Hízolo tres veces uno muy celoso, pero por más que le dijo fue todo en vano, hasta que la cuarta vez, ayudado de la gracia divina, logró compungirle y trocarle del todo el corazón, de suerte que exclamó el enfermo: Hace setenta años que no me he confesado, habiendo sido en tan largo tiempo esclavo del demonio, guardándole fidelidad, y aun tratando estrechamente con él; pero ahora me siento enteramente mudado, pido confesión, y espero que Dios me ha de perdonar.

Esto dicho, con abundantes lágrimas se confesó cuatro veces aquel mismo día, el siguiente recibió el Viático, y pasados otros seis murió con extraordinaria compunción. Apenas había expirado se apareció el Señor a santa Brígida, y le dijo que su alma había ido al purgatorio, y, que no tardaría en estar en el cielo. Quedó la santa admirada sobremanera de que un hombre que tan mal había vivido hubiese al fin muerto en gracia, y el Señor le declaró el motivo con estas palabras: “Sabe, hija, que la devoción de mi querida Madre le ha cerrado las puertas del infierno, porque aunque él nunca la amó de veras tenía devoción a sus dolores, y siempre que los consideraba, o solo de oír su nombre mostraba compasión; por esto ha encontrado un atajo para salvarse.”

OBSEQUIO

Ofrecer a María Santísima en memoria de sus dolores todas las molestias o incomodidades del presente día.

JACULATORIA

Lloré yo contigo, Madre mía.

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