Iniciamos cuatro breves capítulos con la importancia del Sacramento de la Confesión y que llevarán la batuta de Santos y grandes Pastores de los últimos siglos.

Sacramento de la Penitencia y de la reconciliación. Es, por consiguiente, el sacramento de nuestra curación espiritual, llamado también sacramento de la Conversión, porque realiza sacramentalmente nuestro retorno a los brazos del Padre Eterno después de que nos hemos alejado con el pecado.

Hoy, dos pesos pesados de nuestras letras espirituales. Los igualmente obispos y doctores de la Iglesia: San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio.

San Francisco de Sales, colaboró en la fundación de la Orden de la Visitación de Nuestra Señora. Con su libro Introducción a la vida devota o La Filotea (1609) que significa “Alma que ama a Dios”, propone unos sabios consejos para ir al sacramento de la confesión muy bien preparados, pudiendo así acercarnos un poquito más a la santidad, de este modo:

  1. Cuando te dirijas a confesarte, ve con espíritu de humildad, a hacer tu confesión; y no te dejes perturbar por ninguna aprensión.
  2. Sólo cuando lo cometemos es vergonzoso el pecado, pero al convertirse en confesión y en penitencia, es honroso y saludable. El oficio de confesar es el más importante y el más difícil de todos. Se necesita ciencia, prudencia y santidad.

Hasta un total de ocho ejemplos más a modo de catequesis y resumidos en este vídeo:

 

Y San Alfonso María de Ligorio, fundador de la Congregación del Santísimo Redentor (C.Ss.R.), en la obra Para confesarse bien, nos presenta la enorme e indiscutible trascendencia de este bellísmo acto humano. Con estos parámetros:

1. Sin el socorro de la divina gracia no podemos hacer bien alguno. “Sin mí nada podéis hacer“, dice Jesucristo.

2. Confesemos que somos mendigos y que todos los dones de Dios son pura limosna de su misericordia.

3. El aplazamiento de la Confesión es lo más peligroso que hay, porque tantas almas, que decían, “me confesaré la semana que viene, ahora no puedo, porque quiero irme a divertirme”; lo cierto es que al llegar ese día, vuelve a aplazarlo. Sí, hay almas que están en esta situación, las oportunidades que el Señor les concede, una semana, un mes un año, para comenzar a cambiar de vida, pero pasado el tiempo, queda más embrutecido que  pecadantes. El pecado y la costumbre de pecar, embrutece al alma día por día, deja de reconocer al Señor, de amarle, y se hace así mismo un demonio. Dios no puede compadecerse de los que viven obstinados en el pecado. 

Cómo queda plasmado en el video que sigue:

 

Hijo mío la vergüenza está en cometer el pecado, pero no es vergonzoso el librarse de él por medio de la confesión. Dice el Espíritu Santo: Est confusio adducens peccatum; et est confusio adducens gloriam et gratiam. (Eccli. 4 .2 3.) 

 

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