Nos cuenta Pedro Barocio, Obispo de Pádua, que en su época había dos concurrentes Católicos que eran profesores en la Universidad y éstos eran los más aventajados de su época.

Uno murió, y se le apareció al otro cubierto de fuego.
Su amigo se espantó y le preguntó: ¿Cual ha sido tu suerte y por que te ves en este estado habiendo vivido tan inculpablemente?

El difunto, gimiendo y llorando amarguísimamente le dijo:
”Vino a mí Satanás, y como sabía mis estudios, y cuánto había aprovechado en las letras, empezó a preguntarme qué fe tenia”

El difunto le contestó que tenía: ”la fe que profesa la Iglesia”
Luego Satanás le fue haciendo cada vez preguntas de los artículos más difíciles…

El demonio le decía: ”no es como tú dices; porque lo que toca al Padre, algunas cosas son así claras, otras no, sino diferentes” y seguía…

El demonio atacó con todo: ”no se ha de llevar este negocio por voces sino por razones, si queremos averiguar la verdad, y no atropellarla. Di tus razones, y oye las mías, y ríndase el que fuere vencido, que yo estimaré en mucho serlo de ti, y que me saques de mis errores”.

El hombre cayó en la trampa, y confiado en su erudita ciencia en la fe Católica, aceptó el reto de conversar con el demonio.

Infravaloró al demonio como si de hombre se tratara y el demonio una vez introducida la soberbia en el hombre que confiaba en vencerlo, le lanzó sus magistrales tergiversaciones. Así nos lo cuenta:

”Permitiéndolo Dios por mi soberbia, trajo tantas y tan aparentes razones, tan vivos argumentos, y lo que más es, tantos lugares de la Sagrada Escritura, que me convenció y pervirtió, y a este punto llegó el día de mi muerte, y fui presentado en el Tribunal de Dios, y cual me halló me juzgó y condenó por hereje a padecer fuego eterno, con tan inexplicable tormento que no se puede decir; y lo que más me aflige es la duración, porque si tuviera término, aunque fuera de aquí a cien mil millones de años, me sirviera de alivio; pero la eternidad de su duración es un desconsuelo sin consuelo, y un tormento sobre tormento.

El hombre se lamenta: ”Cada día y cada hora maldigo mi ciencia, y mi presunción, que a tales penas me trajeron”.

Dicho esto, desapareció.

Su amigo el católico erudito que estaba vivo, quedó temerosamente escarmentado por la desgracia que le sucedió a su compañero. Empezó a llamar al resto de sus amigos y les aconsejo:
”fortificarse más y más en la fe católica, que profesa la Santa Iglesia apostólica romana”.

Al tiempo, este hombre cayó enfermo y le llegó la hora de la muerte, bien le valió el consejo que le dio al resto de sus amigos, porque aplicándoselo él recibió la visita del demonio, para intentar tumbarlo como a su pobre amigo.

”Vino Satanás a tentarle con las mismas armas que había vencido a su amigo, confiando de alcanzar por los mismos medios la victoria;

El demonio le preguntó que creía.
El respondió: ”Lo que cree y tiene la Iglesia Romana”.
El demonio replicó: ¿Cual es?
El respondió: ”Lo que enseña la Iglesia”.
El demonio insiste: ¿Pues qué es lo que tú crees?
El respondió: ”Lo que cree la Iglesia creo”.

Al poco tiempo muró y se apareció a sus amigos vestido de gloria y agradeció a todos por los consejos que le habían llevado a la felicidad eterna que gozaba.

La moraleja que sacó el autor:
”En que podrá cada uno aprender cuánto importa fortificarse bien en la fe, y desterrar todas las dudas, inquisiciones y cuestiones acerca de sus artículos; y que el mejor medio para resistir a sus tentaciones es cerrarles los oídos, y no responder a sus preguntas, sino creer firmemente lo que enseña y cree nuestra Santa Madre la Iglesia, así en el resto de la vida como en el artículo de la muerte, adonde somos más fuertemente combatidos del enemigo, y de cuyo suceso depende nuestra felicidad eterna.”