¡ADIÓS, MAESTRO!

Despedida a un grande de la música: Ennio Morricone (1928-2020)

Este lunes, 6 de julio, en Roma a sus 91 años nos ha dejado Ennio Morricone.

Ganador de 2 Oscar de la Academia de Hollywood fue el compositor de más de 500 bandas sonoras. Creador de los inmortales temas de “Cinema Paradiso”, “La Misión”, “El bueno, el malo y el feo” y “Los intocables” entre otros. Figura entre los mejores compositores de música para cine de los últimos años, junto a John Williams (Stars Wars) , Henri Mancini (Desayuno en Thiffany´s) Howard Shore (El Señor de los anillos) y sus connacionales Nino Rota (El Padrino) y Marco Frisina (Prefiero el paraíso)

Su emocionada carta a su esposa con quien compartió más de 50 años de matrimonio, a sus 4 hijos y a sus amigos que lo acompañaron en su extensa carrera, denota un alma sensible, transparente y generosa, como se refleja en sus inmortales creaciones.

Hoy, en este merecido homenaje no quiero referirme a su vastísimo curriculum, ni a su evolución como compositor de música de películas. Quiero decir algo sobre lo que seguramente han pensado ustedes también alguna vez: Se ha ido un grande. Es irremplazable…

Este pensamiento lo podemos decir de muchísimas personas, que a lo largo de la historia, han dejado una secuela imborrable. Hablando de música, Bach, Haendel, Mozart, Beethoven, Schubert, Chopin, Brahms, Tchaicovsky y tantos otros han sido irremplazables, claramente.

No me refiero sólo a esto, cuando digo que Morricone es irremplazable. Lo es por lo que le vino del cielo (su talento y su misión) y por lo que consiguió con su esfuerzo (sus logros y sus éxitos). Lo pienso porque hay en las generaciones posteriores a Morricone ciertas falencias que hacen mucho más difícil el surgimiento de personas como él.

En primer lugar, la formación del artista.

En los primeros años se forja con disciplina, amplios conocimientos, vasta cultura y mucho trabajo, la pasta de un artista. A eso hay que sumarle el, o los maestros, y la capacidad personal para soportarlos. Los maestros son músicos también, dueños de su libertad de pensamiento y dueños generalmente de un carácter fuerte, producto de aquello que aman y del conocimiento del camino para lograrlo. Estos primeros años, generalmente en la niñez, suelen ser penosos y duros, con más lágrimas que sonrisas. Luego en la juventud artística, se corona la etapa formativa, con la participación en una escuela, entendida ésta no como un edificio de piedra, sino pomo una pirámide generacional que vincula al artista con su pasado y lo ubica en una orientación cosmogónica que lo identificará siempre. Aún más, si se revelare contra ella.

En segundo lugar, el mundo que lo rodea.

El mundo de hoy está lleno de “diversiones”. Hay una atmósfera de entretenimiento para todo. La formación sistemática del músico, y el tiempo que ésta demanda, choca contra el permanente entretenimiento improductivo a que el niño de nuestros tiempos es invitado, y a veces socialmente obligado. Es cierto que, en teoría, existe la posibilidad de recibir una formación como la de antes, pero en un mundo que más que mundo sería una isla. El artista resultante sería una especie de autista que no interactuaría con la sociedad a la que pertenece. Todo se volvería muy cuesta arriba. No digo que sea imposible, sólo sería mucho menos probable.

Otra causa: Los maestros.

Sin un buen maestro, no habrá un buen músico. Simple. En nuestros días hay grandes maestros y profesionales de la música, pero hiperespecializados. Grandes intérpretes que no saben componer. Compositores de música contemporánea que no saben hacer un contrapunto a 4 voces “a la escolástica”. Profesores de armonía que no saben tocar un instrumento. Directores de orquesta que nunca tocaron en una. Especialistas en música antigua que cortaron el cordón umbilical con el arte musical en 1750. En fin, “EL MAESTRO”, falta, escasea. Ése, el que reúne la UNIVERSALIDAD DEL CONOCIMIENTO necesaria para transmitir el árbol del conocimiento.

Por último, la nobleza interior.

El artista, el músico no es un santo por desarrollar esta disciplina. Pero sí, debe ser noble y no traicionar su vocación por la belleza. Por nobleza interior entiendo ese doble sentir que viene desde lo profundo del ser espiritual de la persona: la dignidad del don recibido y la convicción de no hacer nada que lo denigre.

Si el artista, si el músico por unos pesos, dólares o euros es capaz de hacer cualquier cosa, se prostituye. Cuántos músicos vivieron en la pobreza e incomodidad por no hacer tal o cual cosa que consideraban indigna de su vocación. Algunos llamarán a eso orgullo. Puede ser, yo creo que es todo lo contrario. Es la interna relación con algo que nos fue dado por el Creador, que en definitiva tenemos, pero no nos pertenece.

Hoy es infrecuente la nobleza interior. Las melodías que nos arroban, los momentos musicales que nos enamoran. La elegancia, el porte, la alegría y la lágrima de la bella música salen de la nobleza interior del compositor. Así como la flor, el lago, el firmamento nos reflejan la nobleza infinita de su Creador, la música lo hace con el que la compuso. La gran música corresponde a una gran alma.

Para reencontrarnos con estos grandes benefactores de la humanidad, para volver a producir esos artistas inigualables que agigantan el paso de los siglos. Para ello tenemos todo. En la música está todo, absolutamente todo. El conocimiento, las obras, los tratados, los métodos. TODO. ¡Y al alcance de un celular! Tal vez lo que nos falta es volver a lo trascendente, a nuestra espiritualidad. Mirar nuestra alma y volver a buscar la belleza como un ideal, rechazando a sí mismo el “culto a lo feo” de nuestra sociedad. No todo es igual. No todo puede asemejarse.

Por eso extrañaremos más al maestro Morricone. La dulzura de sus melodías, la justeza de sus armonías, lo ecléctico de sus ritmos; lo irónico, lo burlesco, así como lo romántico y melancólico de su música hecha imagen por el cine, nos revelan la nobleza de su interior. Así como la lágrima aflora con su música, aflora al leer su despedida en la carta final :

“Yo, Ennio Morricone, he muerto”, comienza la carta. “Lo anuncio a todos los amigos que siempre han estado cerca de mí y, también a aquellos que están un poco lejos, los saludo con gran afecto. Imposible mencionarlos a todos. Mando un recuerdo especial para Peppuccio y Roberta, amigos fraternales muy presentes en los últimos años de nuestra vida”.  “Peppuccio” es el director Giuseppe Tornatore (Cinema Paradiso )

“Solo hay una razón que me lleva a saludar a todos así y a celebrar un funeral privado: no quiero molestar…

Por último pero no menos importante, María. A ella le renuevo el extraordinario amor que nos mantuvo unidos y que lamento abandonar. Para ella es mi más doloroso adiós”

 

¿No son estas palabras como su última y póstuma melodía interior?

Adiós maestro. Que el Amor eterno y misericordioso del Creador lo reciba a usted, creador de melodías inolvidables y lo haga feliz eternamente.

Carlos Marcelo Garófalo

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