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Tenía 18 años y mi parroquia organizaba una excursión a Roma para tener una audiencia con el Papa Juan Pablo II. Iba un grupo de 5.000 jóvenes de toda España, y tanto mi amigo como yo queríamos estar lo más cerca posible, así es que no se nos ocurrió otra cosa que vestirnos con el primer traje regional que nos pudieron prestar, “armarnos” con una guitarra y lanzarnos a la aventura. Había otros jóvenes que tuvieron la misma idea, y no sé si fue por la guitarra o por el traje, pero subimos al escenario durante la audiencia, tocamos la guitarra para aquel hombre aparentemente lleno de bondad, y nos dio el ansiado beso en la frente que todos deseaban y que sólo conseguimos los “disfrazados”.

Fue un viaje intenso en cuanto a emociones, pero todavía faltaba la más fuerte, y es que en el viaje de vuelta notábamos que el chófer del autobús iba muy despacio, demasiado despacio parecía, y el encargado de mi autobús nos iba pidiendo que nos turnáramos para hablar con el conductor desde el asiento del guía y mantenerle despierto, ya que parecía un poco “ausente”. Estando yo en mi turno de “vigilante”, sinceramente creo que me quedé un poco traspuesto o no prestando atención a la tarea que me habían encomendado, cuando de repente me desperté al golpearme la cabeza algo parecido a un equipo de video del autobús que se cayó de su sitio porque tuvimos un tremendo accidente. Parece que el encargado del autobús saltó de su asiento y pudo dar un volantazo a la izquierda antes de que cayéramos por los precipicios de la carretera que bordea la Costa Azul Francesa, y el autobús quedó con dos ruedas sobre la mediana y las otras dos en el suelo, con el consiguiente problema de equilibrio y riesgo de vuelco. El conductor había sufrido un derrame cerebral. 

Llegó enseguida la policía francesa y nos obligaron a dejar todas nuestras cosas en el autobús y coger otro hasta la frontera; allí nos encontraríamos con el resto del grupo y recibiríamos nuestros equipajes que recogió la policía tras parar el tráfico y asegurar la zona. No os podéis imaginar el miedo que pasé en el resto del viaje. Nadie sufrió heridas graves, gracias a Dios, aunque del conductor no tuvimos más noticias.

No sé realmente si el recuerdo de ese viaje está más marcado por la emoción de conocer en persona a mi Papa favorito hasta la fecha, o por el tremendo accidente de autobús que, gracias a Dios, no tuvo más consecuencias que una herida en mi ceja derecha. La gente dice ahora que fue un milagro, un milagro del Papa al que se canonizó años después, y yo tengo que decir que no lo puedo saber, claro, pero la experiencia fue absolutamente tremenda en todos los sentidos. Un viaje inolvidable para conocer a un Papa inolvidable.

Ludwig Ritter.